miércoles, 31 de marzo de 2010

Otra historia de pueblo

Todos los 16 de Julio se celebra en el pueblo la fiesta de la Virgen del Carmen, Patrona del Fortín de Areco.

Ese día es feriado y arranca con un desfile donde participan instituciones, como la escuela, los bomberos voluntarios, el Centro de Día y el CEF nº 10, con el añadido pintoresco de gauchos portando caballos, caballos solos y hombres realizando destrezas de todo tipo.

Ese día todos los hombres y mujeres del pueblo sacan a relucir sus mejores trajes, ponchos y diseños de platería.

Las damas de alta alcurnia se funden en sus tapados, sacos de visón y vestidos de seda y salen a la calle en compañía de sus maridos, hijos o vecinos con el objetivo de celebrar su fé en Dios y la Virgen María.

La madre de Jesús está enfundada en pesadas ropas que forman un gran vestido. Traída por los españoles, allá por 1800, tiene puesta una peluca de rizos morenos, quien sabe de qué mortal extraída, y una corona de reina.

La cabellera artificial cubre casi todo su rostro que deja entrever una expresión triste. Su cuerpo es demasiado pequeño para soportar las pesadas y lujosas ropas que lleva puestas, así como la triste y célebre historia que carga detrás de sus espaldas que algunos pueblerinos la cuentan tal cuál la transcribiré a continuación:

“Dicen que en los tiempos de la colonia un “malón de indios” se acercaba en dirección al Fortín de Areco, fortaleza que unía los pueblos de San Andrés de Giles, San Antonio de Areco y Carmen de Areco, cuando el mismo fue interceptado por un grupo de colonos. Parece que alguien había hecho sonar las campanas del fortín avisando que el “malón de indios” se acercaba. Pero nadie sabía quien había sido.

Luego de que estos “hombres de bien” cumplieran con su cometido: (destruir al “malón” para reestablecer el orden), algunas personas se acercaron hacia el fortín (aún no se ha podido recabar el dato histórico preciso de quienes fueron esas personas) Momento en el cuál los hombres descubrieron entre las manos pequeñas de la virgen que se encontraba guarecida en el fortín las sogas que sostenían y hacían sonar las campanas.

Es a partir de ese momento que se nombra a la Virgen del Carmen Patrona del Fortín de Areco, y todos los 16 de julio se festeja el Día de la Virgen con una gran celebración.”

A eso de las dos de la tarde, hora en que los párrocos de turno y personal eclesiástico sacan a la virgen para realizar la procesión, la gente se concentra frente a la iglesia. Hombres y mujeres saludan a la virgen agitando pañuelos blancos al grito de “¡Viva la Virgen del Carmen!, al mismo tiempo que se hacen sonar las campanas de la iglesia. Luego tiene lugar una larga procesión, con la virgen a la cabeza, seguida por un cortejo de niños que están formándose para tomar la comunión, catequistas, personal de la iglesia, vecinos, y todo quien ande dando vueltas por allí, durante la cual se reza el rosario, acompañado de otras oraciones y cánticos religiosos.

Alrededor de la plaza se acumulan vendedores ambulantes. Pronto la celebración religiosa pasará a segundo plano y la plaza se llenará de gente, visitando puestos de joyas de segunda mano y comiendo choripanes, mientras acompañan a sus niños con globos y copos de azúcar.

Del otro lado de la ciudad el silencio y hastío del campo se torna inevitable.

Con mi padre caminamos en dirección contraria a la plaza.

Mi padre nunca fue amante de las costumbres y tradiciones. Más aún siempre aborreció las festividades de todo tipo.

Extremadamente austero para vestirse se pone una boina vieja, alpargatas y salimos a caminar, bajo un sol de julio envidiable, hacia la vieja estación de tren.

En el camino pasamos por el vivero. Cada vez se ven menos casas y el silencio se hace sentir así como el aire seco del campo y las calles de tierra que emanan polvo a nuestro paso.

Lejos van quedando el ruido de las campanas y cánticos eclesiásticos. Solo se oyen nuestra respiración junto al ladrido de algún perro que pasa.

De la vieja estación de tren seguimos unos metros más y llegamos hasta una imponente estancia, “Villa Elisa” la llaman, lugar donde vive el “hombre más rico del pueblo” cuenta mi padre, quien tiene detrás de la casa una huerta de repollos azulados, acelgas y lechugas moras que generan una especie de brillo especial que se percibe incluso antes de arribar al lugar.

Este hombre ha acudido, ya hace algún tiempo, al consultorio de mi padre, pero no al médico, sino al político, profesor, consejero espiritual de tinte moralista, para contarle en medio de un estallido de lágrimas que su mujer, fruto de un brote esquizofrénico, ha amenazado con dejarlo.

Carga con un hijo propio y dos que la mujer tuvo con un homosexual reprimido que nunca se hizo cargo del asunto y la dejó sola. Esta mujer vino de la Capital y salvando su hermosura y sus buenos modales de clase alta, supo manejar la seducción justa para terminar enamorando y casando a este hombre que hoy se encuentra desdichado.

Pero la historia no termina aquí. Parece que el homosexual, antes reprimido ahora es pareja de otro de los “hombres más ricos del condado”, en un pueblo que impugna las paredes condenando la homosexualidad con la típica frase “puto” y que asiste a misa todos los domingos, sumándole a esto años de catequesis, retiros espirituales, misiones, grupos juveniles y demás prácticas de la vida religiosa.

Luego del estallido, la mujer de este hombre ha ido a parar unos meses a un asilo psiquiátrico cercano. Ahora parecería encontrarse un poco mejor. Mientras nos alejamos, la veo salir del casco de la estancia con un vestido floreado y una capelina blanca, lleva una silla de madera entre sus manos. Se sienta frente a la huerta, saca un ovillo de lana y se pone a tejer.

Con mi padre seguimos caminando, ahora en dirección al hospital. Miro esos muros grises e imagino cientos de historias similares de hombres y mujeres tratando de encontrarle un sentido a su existencia en ese perímetro pequeño y grande a la vez, que tiempo atrás alguien decidió que pertenecería al Fortín de Areco.

En dirección al centro, vemos volver a los hombres vestidos de gauchos portando caballos. Ya casi anochece, las calles van quedando desiertas con el añadido de los excrementos que lo animales fueron dejando a su paso.

La virgen descansa dentro del santuario. Al día siguiente las damas de la iglesia asistirán muy temprano a rezarle el rosario y venerarla.

Como lo hacen todos los días.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Primer encuentro

Una tarde de junio una mujer se para frente al pórtico antiguo de un edificio ubicado en las calles 48 y 13 y espera a que el reloj de las cuatro de la tarde para tocar el timbre del tercer piso, departamento D.
En ese mismo instante un hombre ofuscado por la cantidad de papeles que sobresalen de su escritorio en la oficina de la calle 2 y 60 pega la oreja al edificio contiguo al oír una melodía conocida, que parecería ser el tango "Adiós Nonino" para luego asomarse al balcón de su oficina y deleitarse por lo bajo.
La mujer tiene el cabello muy corto, un vestido negro y botas de caña alta. Está sentada en la sala de espera de un consultorio odontológico, cruza las piernas y se acomoda los anteojos para poder leer más de cerca el capítulo tercero de "Crimen y Castigo".
El hombre mira su reloj y siendo ya las cuatro de la tarde cierra su maletín y camina rápidamente hacia la calle, toma un taxi, paga y entra a un edificio de pórtico antiguo para luego ingresar a una sala de espera con sillones de cuero color bordó y cuadros de tono amarronado.
La mujer de cabello corto está leyendo la pág. 15 de su libro cuando el ruido de una sirena la distrae, entonces su cabeza gira cuarenta cinco grados hacia el ángulo derecho de la sala de espera del consultorio de la calle 48 y 13, momento en el cual ve ingresar a un hombre alto, de cabellos crespos, maletín y sobretodo largo hasta los pies.
La mujer, que tendrá unos treinta y cinco años ha recorrido una vasta experiencia en el mundo de los hombres. Lo ha visto todo.
Lindos, feos pero interesantes, hermosos pero aburridos, soñadores, imbéciles. El de aquel verano, el que promete amor eterno en las primeras semanas y al mes desaparece sin dejar rastro. El que estuvo siempre cerca pero nunca se animaba a hablarle, el chantaje típico de las salidas nocturnas los fines de semana, etc.
Con solo mirar a los ojos a un hombre en las primeras salidas ella sabe como seguirá el curso de los acontecimientos, inclusive si la historia seguirá o terminará. Tiene esa cualidad que sus amigas envidian.
Luego de saber como terminará la historia solo quedan dos opciones y siendo la indecisión una característica peculiar en esta mujer que hace que, a una edad en que la mayoría de las mujeres se desesperan por formar su tan ansiado ideal de familia, ella todavía se encuentre sola.
Por lo que en general esta mujer siempre optará por probar y seguir.
Seguir que se acaba la vida y una mancha más al tigre no podrá producir más que efectos colaterales, casi efímeros en ese cuerpo maduro y joven a la vez y en ese andar melancólico pero inquieto que la caracterizan. Su único lema en este plano es que: siempre lo nuevo puede ser mejor.
La mujer mira hacia el costado y le llama la atención la prolijidad de ese hombre, la sistematización de sus movimientos: al quitarse el saco, deja el maletín a un costado, apaga el celular y busca algo a su alrededor para leer. El hombre gira su cabeza y su mirada se dirige hacia una mujer de fina figura, ojos negros y cabello muy corto. Mira sus manos, las cuales son increíblemente blancas. De las extremidades de sus dedos emergen sus uñas, muy delicadas que están pintadas a la perfección.
Ella lo mira y queda encandilada por el destello que irradian sus pupilas zafiro. Son como pequeñas líneas fugaces, miles de puntos alineados que solo ella alcanza a percibir, que la retrotraen a aquel verano en Viena, a orillas del Danubio, mirando para arriba y espiando al sol entre sus dedos.
Y es a través del destello que irradian los ojos de ese cuarentón de sobretodo y cabellos crespos que percibe que no habrá vuelta atrás o por lo menos que en algún lugar, otro día de la semana, en algún mes venidero, o hasta quizás en un par de años volverán a encontrarse.
Y no es una simple utopía romántica sino ese destello, y esas miles de líneas de puntos de fuga que irradian solo algunas pocas personas los que le dan la certeza de que esta historia recién comienza.
Hay personas que son como un viaje. Siempre que se emprenden se vuelve distinto, con el alma convulsionada y las ideas un tanto revueltas.
Y es así como una noche agitada de noviembre, ya queriendo acabar con su turno de mesera en la confitería París, atiende a su último cliente que está sentado en una mesa muy al fondo, un hombre de cabellos crespos y pupilas color zafiro.
Charlan un rato hasta que ella le dice que la confitería está por cerrar y su turno de mesera ha finalizado. El hombre la invita a tomar un café a otro lugar.
Salen a caminar por lo alrededores de Plaza Moreno. De repente empieza a llover. El hombre abre su paraguas a cuadros aprovechando la ocasión para posar su brazo izquierdo sobre el hombro de la mujer. Buscan refugio en la catedral.
Adentro de la catedral está muy oscuro. No es momento de misa pero parecieran oírse cánticos eclesiásticos a lo lejos.
Conversan de la vida. El hombre, que trabaja en una oficina de un estudio contable le cuenta que ha enviudado hace un año y seis meses y está tratando de rehacer su vida. Empezó a hacer cosas que tenías postergadas desde su adolescencia, como tocar el violín, estudiar chino y cantar.
Le pregunta sobre ella. Y mantienen una larga conversación que solo el frío de la catedral, la incomodidad de esos bancos de madera con duro respaldo y los cantos eclesiásticos que de repente se han tornado difíciles de tolerar, podrían hacer que la impaciencia gane y en un instante la charla culmine.
La mujer le cuenta que está haciendo un curso de manicuría, que toda su vida tuvo un anhelo enorme, hasta que este se tornó casi insostenible, que es trabajar en una peluquería, ya que ama los cabellos, hacer peinados, el mundo de los tonos y las tinturas.
El hombre escucha atentamente y aprovecha el clima de confianza que se ha generado para acercarse un poco más hacia la mujer.
De repente la mujer empieza a sentir muy cerca el rostro del hombre acariciando lentamente su mejilla.
Acaricia un costado de su mejilla. Luego el otro costado. En un instante sus labios se acercan y se repliegan. Apenas se rozan.
Más tarde sus lenguas entrarán aguda y misteriosamente en contacto.
Lo mismo ocurrirá luego con sus cuerpos.

El alma deja atrás una ruta.

Anandamarga


Hay personas en la vida que exceden al mundo de los mortales.
Ellas pertenecen al otro lado, a ese mundo fantástico con el cual es posible convivir día y día, si aprendemos a estar despiertos y atentos a lo que nuestra imaginación nos dice.
¿Cómo nos damos cuenta de que ellos están?: porque aparecen de repente y actúan instalando un abismo en nuestras almas. Siempre aprendemos algo de ellos.
Y una vez que los encontramos, jamás volveremos a ser los mismos.

El día que llegamos a Anandamarga yo venía escuchando en el auto un tema de Almendra que Yamila tarareaba todo el tiempo. Nos habían hablado mucho de ese lugar. Me costaba decirlo: Anandamarga, “naranja amarga” como muchos lo llamaban por no poder pronunciarlo mejor.
Estacionamos cerca del algarrobo viejo. Desde allí el río descendía y se internaba en un bosque de moras y tibios espejos.
Fuimos caminando algunos metros hasta que llegamos. A lo lejos podían divisarse algunas casas.
Una mujer bastante tosca y de pelo ensortijado salió a atendernos. Nosotras les dijimos que queríamos conocer el lugar pero la mujer nos miró de reojo y dijo que si pensábamos que Anandamarga era un sitio para hacer turismo hippie–espiritual pegáramos la vuelta hacia Nono. Nosotras insistimos diciendo que solo veníamos buscando un lugar tranquilo para tomar unos mates, ya que estábamos cansadas de tanta contaminación visual.
La mujer de pelo ensortijado se fue dando un portazo. A mí me sorprendió ver a través de la ventana a un “dada” o sacerdote budista vestido de jean, remera gris y zapatillas. Tenía el cabello blanco, muy largo y batía tranquilamente una taza de café.
Tan pronto como la señora entró en la casa salieron dos niñas detrás de ella: una era rubia de cabello largo y ondulado, bastante alta. La otra era morocha y más menudita, de ojos y cabello muy oscuro. Se llamaban Iara y Sol y tendrían 9 y 6 años.
-Chicas vengan por este camino, si quieren las llevamos hasta el lago, bah es un dique en realidad. Nadie va por este lugar- dijeron las niñas. Con Yamila aceptamos gustosamente.
Fuimos caminando por un largo camino de bosques, flores fucsias y desniveles. Mientras el chasquido frágil del agua del río nos seguía, guiando los intersticios de la historia. Ellas conocían el camino que lleva al lago, el punto de intriga de las moras frescas que emergen al límite del camino, donde el andar de la luz se retuerce y acaricia la fuente de agua.
Luego de un rato de caminar llegamos al dique. Su reflejo espejado dejaba brotar la inmensidad de las sierras que sin pudor se imponían. No había nadie más en ese lugar. Solo se oía el peso de nuestros cuerpos.
Me llamaba la atención el movimiento del río. Iara y Sol danzaban al borde de las junturas. Parecían pequeñas hadas bailando en medio de un aroma de hierbas.
Y en este espejo sin tiempo nos contaron de la luz, de la importancia de meditar al amanecer, del pescado, la malta y los abrigos
Ellas esperaban al reflejo de la noche para jugar con los sapos y espiar el aliento del río.
Con Yamila armamos el mate. Le convidamos a Iara y Sol. Primero se resistían un poco pero finalmente terminaron aceptando. Degustamos también un par de alfajores de fruta.
Continuamos charlando, en un momento la conversación se centraba en el concepto de por qué no comer alimentos que provengan de animales. Yamila, que era bastante terca y solía enredarse en discusiones sin sentido, no podía entender de por qué si a la leche y al pescado y no a los huevos.
Iara le explicó que la diferencia está en que la vaca no sufre cuando se le extrae la leche, a diferencia de los huevos que ya son vida antes de que se los saquen a la gallina. La leche es un fluído de la vaca y el huevo, en cambio es una célula ya formada para ser un organismo complejo.
A Yamila igualmente, esta explicación le seguía pareciendo absurda e insistía con el tema:
-¿Y por qué sí comen pescado?
-Porque el pescado no sufre tanto como la vaca cuando la matan -dijo Sol- a la vaca la golpean antes de sacrificarla.

En un momento me alejé para tirar un poco de yerba mientras seguía escuchando la voz de Yamila y de las chicas. Cuando volví noté algo que me impactó: Iara y Sol estaban jugando con un par de cintas de colores.
De repente las acercaban e iban produciendo formas: una paloma, un pez, un globo terráqueo, un avestruz. Era impresionante ver eso, a cada paso que se acercaban una nueva forma se producía.
-También podemos hacer que aparezcan animales de carne y hueso- dijeron riendo.
-O lo que quieran, miren- y al mover las cintas iban apareciendo: un hada, un caballo, plantas, un gnomo, una naranja.
Yamila se acercó y preguntó: - ¿Y nosotras también podemos usarlas?
-Por supuesto- contestaron las chicas. –Ustedes también pueden hacer lo que quieran-
-Solo es cuestión de creérselo- dijo Sol.
–Y de hacerlo con otro. Esa es la condición. Si uno lo quiere hacer solo las cosas no aparecen.
Con Yamila tomamos las cintas y empezamos a accionarlas, mientras una extraña melodía nos sacudía por dentro. De entre los colores surgió una bruja, luego un asno. De repente un león nos sorprendió en medio del atardecer. De acuerdo a nuestro humor iban surgiendo formas más agradables o desagradables: una manzana, una oruga, arañas, ciempiés, gatos y perros.
Estuvimos jugando con las cintas horas y horas hasta que se hizo de noche. No podíamos parar. Miles y miles de cosas fueron apareciendo a lo largo de la tarde. En un momento llegamos a inventar objetos y animales: un elefante con cara de pato, un insecto con pies de gacela, una planta con brazos de niño.
En un momento, en el que ya nuestra mente nos hacía cosquillas de tanto reírnos, Iara y Sol tomaron las cintas de colores y las guardaron en una pequeña mochila.
Y se fueron caminando por el mismo lugar que habíamos venido no sin antes contarnos cual era el camino más corto que nos llevaba nuevamente a la ruta.
-¡Tengan cuidado con las vacas que están al costado del camino!- dijeron antes de despedirse.
Lejos de inquietarnos por esta situación con Yamila seguimos tomando mate, charlando de la vida y contemplando el humor de los patos que acercaban su cabeza para acariciar el fondo del agua
Después de un buen rato emprendimos el camino de regreso, orientadas por la brisa y la vertiente, tarareando la misma canción por lo bajo.

Breve ensayo sobre el domingo

Domingo
Muere la semana
Se resume un mundo cargado de lugares
en la carátula de mis días

Una hoja de papel se mueve suavemente
Y se oyen barricadas a lo lejos

Pequeñas criaturas brotan del fondo del río
Y se zambullen
Nacen y mueren cada vez

De la misma forma
Sucede con mi alma

Las imágenes de mi historia
Aparecen
como cortos asimétricos

Nacen y mueren cada vez

Literal
Las voces me atormentan

Calla
Escucha a tu cuerpo
No le des respiro a esta sonata traicionera

Milonga de las noches
Devastada

Siempre el cuerpo es más fiel que la mente

La palabra engaña

En el silencio
está ese surco de cristal
que tanto anhelas

La palabra es maldita
Inerte
Juega a cantar una canción de cuna
y luego te atrapa
en un célebre torbellino

Te invade y hunde
sus garras
hasta desangrarte

La palabra quiere verte morir

Construye imágenes inmóviles
Ficticias
Como si fueran reales

Mi alma se parece al movimiento del río

Surcos estelares que amplían el universo
El cuerpo infinito del río

El agua pasa intrépidamente entre las rocas
Y se zambulle cada vez

¿De dónde surge la fuerza que hace mover estos transparentes surcos, cual espuma blanca, viento de cristal?

Parece que los domingos
Estos surcos estelares
Se detienen

Una melodía se oye a lo lejos
y de a poco
se va desvaneciendo

Mi cuerpo nace y muere
Cada vez

domingo, 10 de mayo de 2009

Quise querer sin amor
y me derrumbé.

Caí en las trampas por tratar
de ir en contra de esta soledad
Que es el único fruto bueno
que no se puede dejar caer

El helado brío liviano
se enraizó entre mis orillas

Hacía frío allá abajo
En lo glaciares
donde la ninfa atravesaba océanos
helados de cal
pero sin ave ni luz

Quise alimento sin trigo
y la pasión dormida se convirtió en
polvareda turbia
concepto errante
y muerte

Quise sonidos sin cuerda
y por querer sintonizar la inercia
Me fui disgregando
Desagregando

Y ahora estoy sentada en el baño de tu casa
escuchando la gotera de la canilla que pierde
Y los autos que murmuran a las cinco de la madrugada

Quise telar sin viento
Y el hilo se fue quejando
desarticulando
hasta deshacerse

Y un alarido de misterio
Se invocó entre mis huesos


Hoy solo quiero
Renovarme como las estaciones

Quiero ciruela, campana
Peso, espuma
de madrugada

Quiero colibrí, avestruz
acontecimiento
Libro
Pez

Quiero sed, hambre
Luna quejosa
infierno
Locura

Quiero lumbre, desierto
Paz
Derrumbe
Melancolía

Quiero soledad de a dos
Silencio
Ambiente
Y luz

El sol que estaba alumbrando
Se despide
Se dispersa

Mañana me verás en el jardín de los cerezos

Y ya no habrá que matar para vivir
Y ya no habrá que morir
Por ese punto máximo e inexacto de luz
Donde confluyen el azar
y los frágiles fusiles del destino.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Una historia de pueblo

Recuerdo que el día que pasó lo del abuelo yo estaba en la carnicería de Don Román.
Solía ir seguido. Cuando era chico mi mamá se cansaba de retarme y de verme tirado todo el día, entonces me pedía que le haga mandados: al almacén, a la verdulería y a la carnicería de Don Román.
En realidad eso de estar tirado en la cama todo el día no era vagancia, sino ocio mal entendido. Ya que dicen que cuando uno es adolescente necesita muchos momentos de no hacer nada para procesar los terribles cambios corporales y emocionales que luego irán definiendo un ser adulto. Luego esos momentos de ocio, con el correr de los años se irán ocupando por rituales tales como: estar en familia, ir al gimnasio, salir con los amigos, mirar tele y chatear. Donde al fín y al cabo no sabe si lo mejor hubiera sido seguir siendo niño, ya que cuando uno es chico, al menos utiliza la imaginación para ocupar esos malditos y enigmáticos tiempos de ocio.
Así pues, yo me tiraba en la cama a escuchar esa música infame que mamá odiaba y construía idiomas, ciudades, monstruos y héroes.
La carnicería de Don Román quedaba a la vuelta de mi casa. Yo amaba ese lugar, sobre todo porque me hacía sentir todo un hombre maduro.
Don Román enseguida me ponía a trabajar, me asignaba tareas y después como recompensa me daba diez o veinte pesos dependiendo de la renta del día y el ánimo del viejo.
Entonces sonaba más interesante volver a casa y a la archirepetida pregunta de que hiciste todo el día en la calle responder con un: “fui a la carnicería y estuve ayudando a Don Román”.
Además a mi gustaba el olor de las carnicerías. Sí. Aunque suene un tanto caníbal siempre tuve la fantasía de averiguar como sabe la carne cruda. Y de hecho ya lo había hecho, sacándole a escondidas a mamá un pedacito, mientras ella le daba de comer a Sable. Sable era nuestro Dogo alemán traído casi por error a la familia y de conducta implacable.
En fín, me encantaba llegar a la carnicería y escuchar el ruido de la cortadora, de la máquina para triturar y hacer hamburguesas. Disfrutaba de la tarea de cortar las costeletas para después quitarle la grasa blanca que le quedaba a los costados. Luego tomarlas y pesarlas sobre la balanza. Mi tío, que en sus viejos tiempos hubiera querido ser médico me decía: ¿por qué no seguís cirugía querido?. Es muy parecido a esto, a diferencia de que la carne humana es un tanto más dura cuando está inerte y salta más sangre estando viva.
Y a mí se me revolvía el estómago pensando en tales cuestiones.
Además en la carnicería de Don Román había aprendido un montón de cosas acerca del rubro: sabía cuales eran los mejores cortes, que el lomo (uno de los más codiciados) nada tenía que ver con lo que muchos confundían como la nalga o el peceto. También sabía que la carne más tierna proviene del llamado ganado “feed lot” que son vacas que se alimentan a base de cereal a diferencia de las vacas que se alimentan de pasto y dan como resultado una clase de carne más dura.
Entre otras cosas, yo atendía un rato el mostrador. La cortadora la manejaba bastante bien. Me costaba un poco el tema de las hamburguesas. La carne triturada no se me unía bien y quedaba como un masacote cuadrado impasible de presentar a la vista de un cliente con muy buen ojo y diente para estas cosas.
Me gustaba también escuchar a los viejos hablar sobre el clima. Ellos discutían acerca de si era mejor que el viento venga del norte o del este para que de una buena lluvia que no arruine la cosecha y amenazaban todo el tiempo con la típica frase: “pasado mañana llueve”.
Pero lo cierto era que muy pocas veces acertaban y el pasado mañana llegaba pero sin lluvia.
Y para colmo, ese verano la sequía hacía arder los campos bonaerenses.
Recuerdo que de entre los viejos que hablaban de las inclemencias del tiempo, el que más le acertaba era mi abuelo. Con su mirada imbatible me explicaba:
-Mirá Juancito, el viento está virando del oeste y ahora sopla viento norte. El miércoles va a llover.
Y llegaba el miércoles y la profecía efectivamente se cumplía.
Y era una fiesta en el pueblo si la lluvía llegaba a superar los cien milímetros. Toda la siembra del año anterior estaba salvada y no había nada más que hacer que ponerse a cosechar.

Me acuerdo que el día que paso lo del abuelo, un 31 de enero de 1994 estaba nublado y el aire se respiraba un tanto oscuro.
El viejo estaba recolectando frutos de la higuera para hacer dulce, cuando le vino el infarto.
Después lo internaron. Pero no duró más de dos semanas.
Y yo quería creer que él era una de esas pocas personas que nos resultan eternas e invencibles.

Se lo llevaron en andas, cubierto de espuma y flores blancas.

Todo el pueblo lo quería a mi abuelo.

Aún hoy salgo a la vereda y lo veo venir con su paso firme de león humilde.
Y si me siento un rato llego a percibir ese viento del norte, virando del oeste, desparramando cenizas por el aire.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Azulado

Mar, luz
Proa enriquecida de sal
Mística
Solitaria
El oleaje anticipa el viento
Y vuelve
El azul de una mañana

Un hombre es a la vez
Mujer
Niño que sonríe
Y se convierte
En árbol
Pez
Verde
como luz en medio
de una celda

La hoja puede a la vez ser árbol
Cruz
fulgor, caída
Una luz que gira y gira
sin vuelta atrás

Y el barco fluye en la marea
De las nieves agitadas

Un barco que palidece
En su proa
y luego pasa a ser
Espacio naranja
Olor de atardecer

Cielo que se fue deshaciendo
primero en sombras
luego en tibias partículas

Y ese niño
Que corre, ríe
Y da vueltas

Saborea el mundo

Aprendió
a sortear las sombras

Ahora juega eternamente
E irradia
Gajos de espuma

Infantometamorfosis

Niño con juguete nuevo
Deja de lado el juguete
y toma la caja
Esta se abre y se vuelve
Sombrero
Cuna, lámpara
Mesa y luz
Antídoto contra la muerte

La pelota que está adentro de la caja
no solo es pelota
Es también alimento
silla, boa constrictora
Pájaro, madre
mascota
Va y viene
Dejando marcas por toda la habitación

Y el universo se transforma
El mundo se reduce
a esa habitación que es a la vez
palacio, campana
tribu y cielo

El niño salta por encima de su juguete
lo muerde, descomprime
Lo toma con una mano
lo arrastra por la habitación
y luego vuelve

Apoya su cabeza
y se duerme

Y el juguete descansa
a la espera de lo que pueda llegar a ser
el día siguiente

martes, 21 de octubre de 2008

Organizarse

Organizarse
Unirse en ínfimas partículas
Ir plegando cierres
Enredarse en manos
y pies

Construir una trama
de lugares
Recovecos
Acciones infinitas

¿No es el cuerpo un conjunto de sistemas organizados armónicamente?
¿No es la mente un proceso de organización – desorganización constante?

Unir dedos, colores, sonetos
que desplieguen latidos
Cintillas impenetrables de clamores
Reflejos

Organizarse para no morir

Arrasados por la desidia
la histriónica masa oculta de las cosas
Que tapa, cubre, ahoga
y minimiza

Sonetos del vacío

En el medio de un océano de papel
La inmensidad
El ser que aguarda pese a todo
Un avión pasa crepitando
gajos de espuma
que fluyen sobre la hiedra

En el fondo de mí
algo emerge entre las rocas
El susurro de un niño
El grito desesperado de un cautivo
La gacela que corre gimiendo
ante el salto del tigre
Y busca paz en el oxígeno
del monte

Detrás de un árbol
Un grillo sube y baja
dando una media vuelta
sobre un pequeño tallo.

Y devuelve su mirada al mundo

En el cielo esmerilado
alguien mira por el ojo de la cerradura
y canta
los sonetos del vacío

Y allí escondido
Más allá del monte, del grillo
Y de las rocas
Un ser que aguarda pese a todo

Inti y el gato intruso

La vida está llena de paradojas. Sobre todo la de Malena.
Casi al mismo tiempo en que Malena se enteró de que su concubino se iba de viaje un gato intruso comenzó a hostigar a su amada Inti.
Inti era la gata de Malena. Habían compartido casi una vida juntas. Primero en la casa de su madre durante la adolescencia de Malena. Cuando se mudó con José a Villa Crespo se la llevó con ellos.
Malena se resistía a abandonar a Inti. Habían compartido muchas tardes de mate amargo, libros no leídos y ocio mal entendido.
Inti había presenciado todo el historial de charlas de Malena con sus amigas.
Las de los días simples, las de los días lluviosos de tortas fritas. Aquellos domingos lagrimosos, así como los preparativos para salir un sábado a la noche, un jueves descolgado o el inoportuno madrugón de un lunes.
Inti era blanca, espumosa, brillante, sigilosa como una bailarina. Se la pasaba todo el día en una especie de deslizamiento constante. De acá para allá. De repente antes de que alguien se percatara hacía de las suyas.
Se iba a sus sitios enigmáticos como detrás del cableado del televisor a estirarse y lamerse las patas. O aparecía sorpresivamente por detrás de la espalda de Malena emitiendo suaves sonidos.
Y un día, mientras Inti dormía y Malena remendaba un pantalón cayó José con la noticia de que se iba de viaje. Que una beca, posgrado, no se qué, la cuestión es que se iba por lo menos por un año. Y ya no había vuelta a atrás.
Y justo la misma madrugada en que se fue José apareció un gato por encima del techo de la casa de Malena.
Venía medio corcoveando, con una pata lastimada. Inti se acercó, le lamió la herida y así se quedaron un rato uno cerca del otro.
Y al otro día volvió y ya un poco más atrevido empezó a usurpar el plato de comida de Inti.
Al cuarto día venía y se instalaba junto a la ventana de la habitación de Malena. Bastante tenía pobre Malena de amaneceres confusos y noches sin nombre, como para encima tener que soportar el maullido de un gato intruso.
Se levantó y le dio de comer.
Al sexto día a Malena le costó levantarse. No había podido dormir. Hacía un par de días que padecía de insomnio, y tenía pesadillas como esa en la cual dos ciegos juegan a lastimarse, y se despertaba mal y angustiada. En relación con esto su prima Tamara le repetía todo el tiempo que tenía que tomar té de melisa por las noches, que ayudaba a tranquilizarse.
Y para colmo el gato había maullado toda la noche y hostigado a su pobre Inti.
No soportaba más, algo tenía que hacer con ese intruso animal. Inti estaba lastimada, tenía heridas en la oreja y la pata derecha renga.
Malena no tenía ningún pariente, vecino o persona cercana que aborreciera tanto como para pedirle que se llevara a su casa al maldito gato.
La angustia había retornado nuevamente, atando cabos, y un círculo de desidia, polvo y sangre la acorralaron a medida que pasaban los días. Dos semanas y José no escribía.
Su alma se había vuelto cautiva y una sensación enfermiza que hacía mucho no experimentaba se apoderó de ella.
Y así siguieron un par de semanas, hasta que un día y en el instante menos pensado halló una soga en medio de este insinuoso río.
Había salido a colgar la ropa a la terraza cuando justo lo vió. Venía corriendo por el tejado, con una pata medio renga, y su larga terminación negra arrastrándose a coletazos. Al principio todo era gris y difuso hasta que finalmente pensó, esta debe ser la solución.
Simple, fría, un poco turbia pero finalmente eficaz: matar al gato como sea.
Matar para sobrevivir a este sabor amargo de extrañar hasta desear morir sin haberlo conocido.

Esa noche Malena volvió muy tarde a su casa.
Medio dormida se lavó los dientes y se quitó el maquillaje de los ojos.
Estaba furiosa. Todavía no se explicaba como había llegado a la situación de haber estado todo el día acumulando nervios a causa de un encuentro ínfimo que apenas duró tres horas, insulso café con leche de por medio.
El gato había ingresado a la casa y estaba cómodamente sentado sobre su cama.
Enseguida pegó un buen grito y el gato salió por la ventana de la habitación que estaba entreabierta.
-Es hora de darle de comer a Inti- pensó-
Armó dos platos de comida y procuró no equivocarse: el veneno sobre la derecha. El de la izquierda le correspondía a su pequeña Inti.
Salió de la cocina y encontró a ambos gatos jugueteando. No había signos de violencia.
Sin vacilar, les dio sus respectivos platos. Inti comió rápidamente. Luego, Malena procuró que entrara pronto a la casa y que durmiera cerca suyo, cerrando bien los postigos de la ventana. Y desde su cama, abrazada a Inti lo espiaba por una hendija de la ventana.
El gato negro dio un par de vueltas alrededor del plato. Se lamió los pies y las manos. Finalmente comió.
A la mañana siguiente Malena se levantó y mientras desayunaba se asomó por el vidrio espejado de la cocina, que estaba al lado de su habitación.
Se sorprendió de que el curso de los acontecimientos hubiera seguido un rumbo tan perfectamente predecible: el sol brillaba como nunca antes y el gato yacía inerte, como disecado sobre el piso de su patio trasero.

domingo, 29 de junio de 2008

Ningún evento de la naturaleza escapa a la causalidad.
El oído es un órgano sensorial par situado en la región lateral de la cabeza y destinado a una doble función: la audición y el equilibrio. El oído está subdividido en tres partes: oído externo, oído medio y oído interno.
Dentro del oído medio, se encuentra la caja del tímpano, que presenta en su parte alta tres pequeñas estructuras, que de afuera hacia dentro son: el martillo, el yunque y el estribo.
Este sistema, a través de la acción de los músculos, los distintos módulos de vibración de uno y otro huesecillo y las diversas condiciones en que se desarrolla el juego articular, ejerce una doble acción de acomodación auditiva y de protección de las delicadas estructuras frente a estímulos acústicos de elevada intensidad.
Así como no es por casualidad que tres huesecillos llamados martillo, yunque y estribo se pongan en relación para producir las ondas sonoras y podamos tener la capacidad de oír.
Hoy desperté pensando en las casualidades y causalidades de la vida.
Y cada vez estoy más segura de afirmar que los acontecimientos no son simples casualidades sino que encierran en sí mismos una cara interna de tipo causa – efecto. Es decir, una causalidad.

Me di cuenta que trabajo a la vuelta de donde trabajás vos.

Recuerdo la primera vez que arribé por recomendación a esa casa de camping. Pregunte por Renato o por el hijo de Renato. Me dijiste que Renato no estaba pero que vos eras su hijo.
Me mostraste las mochilas. Me probé un par. Recuerdo con qué precisión me explicabas la manera de colocársela, repartiendo bien el peso para que las piernas no se cansen demasiado.
-Lo importante es adaptar la mochila al cuerpo, no que el cuerpo se adapte a la mochila, afirmaste con seguridad-
Y fuiste en orden ajustándome todas las correas. Al pasar por mi cintura tu mano rozó suavemente mi costado.
-¿Cómo te sentís?- bien-, contesté sorprendiéndome lo cerca que estábamos uno del otro.
- Bueno ahora seguimos por el pecho y una vez ajustado tomas con tus dos manos así de los costados y te la ajustás vos- Y tomé entre mis dedos las correas de los costados, deslizándolas hacia atrás.
-¿Y ahora como te sentís?
-Muy bien, parece hecha a mi medida.
Ese día me fui con la sensación de que te conocía de antes y de que no se por qué o por cual circunstancia te volvería a ver.
Y así fue. Al mes y medio me ofrecieron un trabajo en la calle Paraná entre Mitre y Rivadavia. Y la casa de camping donde vos trabajás queda en Paraná entre Rivadavia y Montevideo.
Estos datos son indicios de que algo podría llegar a ocurrir entre nosotros dos, ya sea amistad, romance o simple vecindad laboral.
Recuerdo que un miércoles salí agotadísima del trabajo y me fui a esperar el colectivo en la esquina de Paraná. Vos estabas en la vereda de enfrente, sentado y mirabas vagamente hacia donde estaba yo, como si estuvieras tratando de recordar de dónde me conocías. Yo solo atiné a perder la mirada y seguir tocándome un mechón de pelo. No estaba tan cerca como para acercarme y saludarte. Me dio un poco de vergüenza. Lo más probable es que ni te acuerdes de mí.
Y ahora no sé que haré en los días subsiguientes que vaya al trabajo. Espero tener otra vez la oportunidad de que salgas un rato a tomar aire a la vereda. De lo contrario tendré que tomar coraje y entrar a la casa a averiguar el costo de esos termos que conservan el agua a la temperatura que deseamos, o el precio de una carpa para seis.
No sé si esta puede llegar a ser una casualidad o causalidad en mi vida, o ambas cosas a la vez. Como en aquella oportunidad que me quedé varada en Segovia, una tarde de tormenta haciendo dedo, perdí a mis compañeras de viaje y llegué por casualidad a ese hostal donde conocí al madrileño que más desvelo habría de ocasionarme en las noches de aquel invierno europeo.
Casualidad que se convierte en causalidad y va mutando para llegar a un fín. Eterna dialéctica que trasciende las implicancias del tiempo y permite seguir viviendo. Con un sentido, con libertad, sin que esto se convierta en un mero sobrevivir.

Bicicletas

Ya era madrugada y las sombras se habían ido. El subió a su bicicleta y partió.
Ella pensó en todo. Lo que había sido. Lo que podría llegar a ser. Entendió sus miedos y la tortura de la ansiedad. Lo sabía porque lo había experimentado. Ese ir y venir de la mente que no da respiro, que ahoga sin cansancio.
Ellos sabían lo que era la soledad.
Pero ese fín de semana había sido distinto. No se habían despegado ni un minuto.
Era un pueblo con mar. El olor, la sensación de piel fría y el sonido rasgado de las olas daban cuenta de ello.
Caminaron juntos, dejando atrás playas, peces y llovizna de arena.
Vivieron en dos días más de lo que habían experimentado en cinco años. Entre esas cosas que se hacen cuando nada nos importa más que el espécimen que tenemos al lado, durmieron a la intemperie. Abrazados. Esos momentos que duran tan poco. Que se dejan entrever en los sueños, y dan ganas de despertarse de repente y guardarlos para que no se pierdan.
Una de las noches, se fueron hasta el muelle.
Había varios hombres pescando. Entre ellos un viejo de barba larga. Llamaba un poco la atención entre los demás personajes típicos de esos lares. Se acercaron e iniciaron una conversación:
-¿Y cómo va eso?, pregunto él con su voz grave (que a ella tanto le gustaba).
-Está difícil, contestó el viejo. La marea está roja. Eso contamina el agua y muchos peces mueren. Y los calamares son los que más cotizan en el mercado.
-Lo siento por usted contestó él.
Estuvieron charlando un largo rato. Les habló de las pertinencias del tiempo, de los tipos de peces. Los de agua dulce. Los de agua salada. Cuál era la mejor forma de colocar el anzuelo para pescarlos. Explicaba de tal forma como hacía su trabajo que daba gusto escucharlo. Y se notaba que tenía la sabiduría para hacerlo.
-Que extraño – dijo el viejo. Dos jóvenes como ustedes interesados en algo tan aburrido como el quehacer de un pescador.
-¿Y que se supone que nos tendría que interesar?, preguntó ella.
-No sé. Tal vez me equivoque pero a la mayoría de los jóvenes les interesan cuestiones como la música, ir a bailar, conciertos, cosas mas divertidas quizás.- No creo que sea una salida del todo romántica, venir a charlar con un viejo como yo – alegó sonriendo.
-Yo a su edad pensaba que iba a llevarme el mundo por delante. Tenía ganas de vivir y experimentar mucho. Y hoy en día me di cuenta que de a poco dejé de hacer muchas cosas que antes soñaba hacer y ya casi ni me arrepiento por ello
-¿Cree que se resignó?- pregunto él con ojos atentos
-No sé, en lo personal pienso que podría haber seguido haciendo muchas cosas si no hubiera sido por el miedo. Ah muchachos, les cuento un secreto y quiero que lo guarden por siempre; el miedo es el peor enemigo de lo imprevisible. El miedo paraliza y muchas veces no te deja actuar. Yo he dejado de hacer muchas cosas por miedo.
-Ah contestó ella y por eso tal vez mucha gente se resigna a lo que podría haber hecho y el miedo se lo impidió.
-Sí, o quizás se conforman. De repente uno ve como la gente se va emparchando de a poco, y hasta el más descosido le encuentra una vuelta de tuerca a su vida. Mientras yo sigo, rompiéndome la cabeza, pensando, retorciéndome para no traicionarme, diciendo que no muchas veces para poder seguir siendo esto auténtico que soy.
Y quizás para muchos solo sea un pobre pescador.
-Sólo una cosa les pido muchachos: hagan lo que quieran pero nunca se traicionen a sí mismos.
Después de esas últimas palabras del viejo nos sentimos como dos extraños.
Cómo si algo marcara nuestra existencia desde ese momento. Cuando la cabeza se abre y un torbellino de piedras nuevas ingresa.
Y volvimos, ya de madrugada, andando despacio, con las ruedas de la bici llenas de arena e incertidumbre.
Incertidumbre de no saber que iba a pasar. Arena que quedaba entre las huellas de lo que podía llegar a ser.

Me harté

Dicen que la verdad es lo que uno siente como verdad.

Y así fue.
Me harté de los dualismos, sadismos y oposiciones
Me harté de los extremos
Del blanco y negro
Del todo o nada.

Creo que solo creo en lo que veo nacer
En lo que se construye en el día a día
Y si es posible entre varios

La oruga envuelta en un capullo de seda
puede descifrar
como sabe el mundo
Va observando de a poquito
paso por paso
hasta que descubre la luz
Lleva dentro un manojo de sueños
y aunque aislada en su mundo
percibe mejor que nadie
la realidad de este tiempo
Ella sabe que las cosas
Van naciendo de a poquito y
No hay por qué resignarse a lo
ya instituído

Todos podemos ser orugas
para algún día
construir nuestro cielo
y salir a vuelo alto

Saqueando el arsenal
de partículas y marfil que nos robaron

Nos mancharon de sangre las alas.

El estrépito globo ya no gira
Y ahora es cuando el mundo
va tomando otra forma

Es el momento de crear
los submundos
para sobrevivir a este.

Cuando todos los por qué se delatan
Cuando lo que estaba implícito se clarifica
Cuando las cosas pueden exhibir
Su estado de pureza más íntima


Desnudas en el tiempo
las mariposas salen

Ya es tiempo de actuar.