Mar, luz
Proa enriquecida de sal
Mística
Solitaria
El oleaje anticipa el viento
Y vuelve
El azul de una mañana
Un hombre es a la vez
Mujer
Niño que sonríe
Y se convierte
En árbol
Pez
Verde
como luz en medio
de una celda
La hoja puede a la vez ser árbol
Cruz
fulgor, caída
Una luz que gira y gira
sin vuelta atrás
Y el barco fluye en la marea
De las nieves agitadas
Un barco que palidece
En su proa
y luego pasa a ser
Espacio naranja
Olor de atardecer
Cielo que se fue deshaciendo
primero en sombras
luego en tibias partículas
Y ese niño
Que corre, ríe
Y da vueltas
Saborea el mundo
Aprendió
a sortear las sombras
Ahora juega eternamente
E irradia
Gajos de espuma
lunes, 15 de diciembre de 2008
Infantometamorfosis
Niño con juguete nuevo
Deja de lado el juguete
y toma la caja
Esta se abre y se vuelve
Sombrero
Cuna, lámpara
Mesa y luz
Antídoto contra la muerte
La pelota que está adentro de la caja
no solo es pelota
Es también alimento
silla, boa constrictora
Pájaro, madre
mascota
Va y viene
Dejando marcas por toda la habitación
Y el universo se transforma
El mundo se reduce
a esa habitación que es a la vez
palacio, campana
tribu y cielo
El niño salta por encima de su juguete
lo muerde, descomprime
Lo toma con una mano
lo arrastra por la habitación
y luego vuelve
Apoya su cabeza
y se duerme
Y el juguete descansa
a la espera de lo que pueda llegar a ser
el día siguiente
Deja de lado el juguete
y toma la caja
Esta se abre y se vuelve
Sombrero
Cuna, lámpara
Mesa y luz
Antídoto contra la muerte
La pelota que está adentro de la caja
no solo es pelota
Es también alimento
silla, boa constrictora
Pájaro, madre
mascota
Va y viene
Dejando marcas por toda la habitación
Y el universo se transforma
El mundo se reduce
a esa habitación que es a la vez
palacio, campana
tribu y cielo
El niño salta por encima de su juguete
lo muerde, descomprime
Lo toma con una mano
lo arrastra por la habitación
y luego vuelve
Apoya su cabeza
y se duerme
Y el juguete descansa
a la espera de lo que pueda llegar a ser
el día siguiente
martes, 21 de octubre de 2008
Organizarse
Organizarse
Unirse en ínfimas partículas
Ir plegando cierres
Enredarse en manos
y pies
Construir una trama
de lugares
Recovecos
Acciones infinitas
¿No es el cuerpo un conjunto de sistemas organizados armónicamente?
¿No es la mente un proceso de organización – desorganización constante?
Unir dedos, colores, sonetos
que desplieguen latidos
Cintillas impenetrables de clamores
Reflejos
Organizarse para no morir
Arrasados por la desidia
la histriónica masa oculta de las cosas
Que tapa, cubre, ahoga
y minimiza
Unirse en ínfimas partículas
Ir plegando cierres
Enredarse en manos
y pies
Construir una trama
de lugares
Recovecos
Acciones infinitas
¿No es el cuerpo un conjunto de sistemas organizados armónicamente?
¿No es la mente un proceso de organización – desorganización constante?
Unir dedos, colores, sonetos
que desplieguen latidos
Cintillas impenetrables de clamores
Reflejos
Organizarse para no morir
Arrasados por la desidia
la histriónica masa oculta de las cosas
Que tapa, cubre, ahoga
y minimiza
Sonetos del vacío
En el medio de un océano de papel
La inmensidad
El ser que aguarda pese a todo
Un avión pasa crepitando
gajos de espuma
que fluyen sobre la hiedra
En el fondo de mí
algo emerge entre las rocas
El susurro de un niño
El grito desesperado de un cautivo
La gacela que corre gimiendo
ante el salto del tigre
Y busca paz en el oxígeno
del monte
Detrás de un árbol
Un grillo sube y baja
dando una media vuelta
sobre un pequeño tallo.
Y devuelve su mirada al mundo
En el cielo esmerilado
alguien mira por el ojo de la cerradura
y canta
los sonetos del vacío
Y allí escondido
Más allá del monte, del grillo
Y de las rocas
Un ser que aguarda pese a todo
La inmensidad
El ser que aguarda pese a todo
Un avión pasa crepitando
gajos de espuma
que fluyen sobre la hiedra
En el fondo de mí
algo emerge entre las rocas
El susurro de un niño
El grito desesperado de un cautivo
La gacela que corre gimiendo
ante el salto del tigre
Y busca paz en el oxígeno
del monte
Detrás de un árbol
Un grillo sube y baja
dando una media vuelta
sobre un pequeño tallo.
Y devuelve su mirada al mundo
En el cielo esmerilado
alguien mira por el ojo de la cerradura
y canta
los sonetos del vacío
Y allí escondido
Más allá del monte, del grillo
Y de las rocas
Un ser que aguarda pese a todo
Inti y el gato intruso
La vida está llena de paradojas. Sobre todo la de Malena.
Casi al mismo tiempo en que Malena se enteró de que su concubino se iba de viaje un gato intruso comenzó a hostigar a su amada Inti.
Inti era la gata de Malena. Habían compartido casi una vida juntas. Primero en la casa de su madre durante la adolescencia de Malena. Cuando se mudó con José a Villa Crespo se la llevó con ellos.
Malena se resistía a abandonar a Inti. Habían compartido muchas tardes de mate amargo, libros no leídos y ocio mal entendido.
Inti había presenciado todo el historial de charlas de Malena con sus amigas.
Las de los días simples, las de los días lluviosos de tortas fritas. Aquellos domingos lagrimosos, así como los preparativos para salir un sábado a la noche, un jueves descolgado o el inoportuno madrugón de un lunes.
Inti era blanca, espumosa, brillante, sigilosa como una bailarina. Se la pasaba todo el día en una especie de deslizamiento constante. De acá para allá. De repente antes de que alguien se percatara hacía de las suyas.
Se iba a sus sitios enigmáticos como detrás del cableado del televisor a estirarse y lamerse las patas. O aparecía sorpresivamente por detrás de la espalda de Malena emitiendo suaves sonidos.
Y un día, mientras Inti dormía y Malena remendaba un pantalón cayó José con la noticia de que se iba de viaje. Que una beca, posgrado, no se qué, la cuestión es que se iba por lo menos por un año. Y ya no había vuelta a atrás.
Y justo la misma madrugada en que se fue José apareció un gato por encima del techo de la casa de Malena.
Venía medio corcoveando, con una pata lastimada. Inti se acercó, le lamió la herida y así se quedaron un rato uno cerca del otro.
Y al otro día volvió y ya un poco más atrevido empezó a usurpar el plato de comida de Inti.
Al cuarto día venía y se instalaba junto a la ventana de la habitación de Malena. Bastante tenía pobre Malena de amaneceres confusos y noches sin nombre, como para encima tener que soportar el maullido de un gato intruso.
Se levantó y le dio de comer.
Al sexto día a Malena le costó levantarse. No había podido dormir. Hacía un par de días que padecía de insomnio, y tenía pesadillas como esa en la cual dos ciegos juegan a lastimarse, y se despertaba mal y angustiada. En relación con esto su prima Tamara le repetía todo el tiempo que tenía que tomar té de melisa por las noches, que ayudaba a tranquilizarse.
Y para colmo el gato había maullado toda la noche y hostigado a su pobre Inti.
No soportaba más, algo tenía que hacer con ese intruso animal. Inti estaba lastimada, tenía heridas en la oreja y la pata derecha renga.
Malena no tenía ningún pariente, vecino o persona cercana que aborreciera tanto como para pedirle que se llevara a su casa al maldito gato.
La angustia había retornado nuevamente, atando cabos, y un círculo de desidia, polvo y sangre la acorralaron a medida que pasaban los días. Dos semanas y José no escribía.
Su alma se había vuelto cautiva y una sensación enfermiza que hacía mucho no experimentaba se apoderó de ella.
Y así siguieron un par de semanas, hasta que un día y en el instante menos pensado halló una soga en medio de este insinuoso río.
Había salido a colgar la ropa a la terraza cuando justo lo vió. Venía corriendo por el tejado, con una pata medio renga, y su larga terminación negra arrastrándose a coletazos. Al principio todo era gris y difuso hasta que finalmente pensó, esta debe ser la solución.
Simple, fría, un poco turbia pero finalmente eficaz: matar al gato como sea.
Matar para sobrevivir a este sabor amargo de extrañar hasta desear morir sin haberlo conocido.
Esa noche Malena volvió muy tarde a su casa.
Medio dormida se lavó los dientes y se quitó el maquillaje de los ojos.
Estaba furiosa. Todavía no se explicaba como había llegado a la situación de haber estado todo el día acumulando nervios a causa de un encuentro ínfimo que apenas duró tres horas, insulso café con leche de por medio.
El gato había ingresado a la casa y estaba cómodamente sentado sobre su cama.
Enseguida pegó un buen grito y el gato salió por la ventana de la habitación que estaba entreabierta.
-Es hora de darle de comer a Inti- pensó-
Armó dos platos de comida y procuró no equivocarse: el veneno sobre la derecha. El de la izquierda le correspondía a su pequeña Inti.
Salió de la cocina y encontró a ambos gatos jugueteando. No había signos de violencia.
Sin vacilar, les dio sus respectivos platos. Inti comió rápidamente. Luego, Malena procuró que entrara pronto a la casa y que durmiera cerca suyo, cerrando bien los postigos de la ventana. Y desde su cama, abrazada a Inti lo espiaba por una hendija de la ventana.
El gato negro dio un par de vueltas alrededor del plato. Se lamió los pies y las manos. Finalmente comió.
A la mañana siguiente Malena se levantó y mientras desayunaba se asomó por el vidrio espejado de la cocina, que estaba al lado de su habitación.
Se sorprendió de que el curso de los acontecimientos hubiera seguido un rumbo tan perfectamente predecible: el sol brillaba como nunca antes y el gato yacía inerte, como disecado sobre el piso de su patio trasero.
Casi al mismo tiempo en que Malena se enteró de que su concubino se iba de viaje un gato intruso comenzó a hostigar a su amada Inti.
Inti era la gata de Malena. Habían compartido casi una vida juntas. Primero en la casa de su madre durante la adolescencia de Malena. Cuando se mudó con José a Villa Crespo se la llevó con ellos.
Malena se resistía a abandonar a Inti. Habían compartido muchas tardes de mate amargo, libros no leídos y ocio mal entendido.
Inti había presenciado todo el historial de charlas de Malena con sus amigas.
Las de los días simples, las de los días lluviosos de tortas fritas. Aquellos domingos lagrimosos, así como los preparativos para salir un sábado a la noche, un jueves descolgado o el inoportuno madrugón de un lunes.
Inti era blanca, espumosa, brillante, sigilosa como una bailarina. Se la pasaba todo el día en una especie de deslizamiento constante. De acá para allá. De repente antes de que alguien se percatara hacía de las suyas.
Se iba a sus sitios enigmáticos como detrás del cableado del televisor a estirarse y lamerse las patas. O aparecía sorpresivamente por detrás de la espalda de Malena emitiendo suaves sonidos.
Y un día, mientras Inti dormía y Malena remendaba un pantalón cayó José con la noticia de que se iba de viaje. Que una beca, posgrado, no se qué, la cuestión es que se iba por lo menos por un año. Y ya no había vuelta a atrás.
Y justo la misma madrugada en que se fue José apareció un gato por encima del techo de la casa de Malena.
Venía medio corcoveando, con una pata lastimada. Inti se acercó, le lamió la herida y así se quedaron un rato uno cerca del otro.
Y al otro día volvió y ya un poco más atrevido empezó a usurpar el plato de comida de Inti.
Al cuarto día venía y se instalaba junto a la ventana de la habitación de Malena. Bastante tenía pobre Malena de amaneceres confusos y noches sin nombre, como para encima tener que soportar el maullido de un gato intruso.
Se levantó y le dio de comer.
Al sexto día a Malena le costó levantarse. No había podido dormir. Hacía un par de días que padecía de insomnio, y tenía pesadillas como esa en la cual dos ciegos juegan a lastimarse, y se despertaba mal y angustiada. En relación con esto su prima Tamara le repetía todo el tiempo que tenía que tomar té de melisa por las noches, que ayudaba a tranquilizarse.
Y para colmo el gato había maullado toda la noche y hostigado a su pobre Inti.
No soportaba más, algo tenía que hacer con ese intruso animal. Inti estaba lastimada, tenía heridas en la oreja y la pata derecha renga.
Malena no tenía ningún pariente, vecino o persona cercana que aborreciera tanto como para pedirle que se llevara a su casa al maldito gato.
La angustia había retornado nuevamente, atando cabos, y un círculo de desidia, polvo y sangre la acorralaron a medida que pasaban los días. Dos semanas y José no escribía.
Su alma se había vuelto cautiva y una sensación enfermiza que hacía mucho no experimentaba se apoderó de ella.
Y así siguieron un par de semanas, hasta que un día y en el instante menos pensado halló una soga en medio de este insinuoso río.
Había salido a colgar la ropa a la terraza cuando justo lo vió. Venía corriendo por el tejado, con una pata medio renga, y su larga terminación negra arrastrándose a coletazos. Al principio todo era gris y difuso hasta que finalmente pensó, esta debe ser la solución.
Simple, fría, un poco turbia pero finalmente eficaz: matar al gato como sea.
Matar para sobrevivir a este sabor amargo de extrañar hasta desear morir sin haberlo conocido.
Esa noche Malena volvió muy tarde a su casa.
Medio dormida se lavó los dientes y se quitó el maquillaje de los ojos.
Estaba furiosa. Todavía no se explicaba como había llegado a la situación de haber estado todo el día acumulando nervios a causa de un encuentro ínfimo que apenas duró tres horas, insulso café con leche de por medio.
El gato había ingresado a la casa y estaba cómodamente sentado sobre su cama.
Enseguida pegó un buen grito y el gato salió por la ventana de la habitación que estaba entreabierta.
-Es hora de darle de comer a Inti- pensó-
Armó dos platos de comida y procuró no equivocarse: el veneno sobre la derecha. El de la izquierda le correspondía a su pequeña Inti.
Salió de la cocina y encontró a ambos gatos jugueteando. No había signos de violencia.
Sin vacilar, les dio sus respectivos platos. Inti comió rápidamente. Luego, Malena procuró que entrara pronto a la casa y que durmiera cerca suyo, cerrando bien los postigos de la ventana. Y desde su cama, abrazada a Inti lo espiaba por una hendija de la ventana.
El gato negro dio un par de vueltas alrededor del plato. Se lamió los pies y las manos. Finalmente comió.
A la mañana siguiente Malena se levantó y mientras desayunaba se asomó por el vidrio espejado de la cocina, que estaba al lado de su habitación.
Se sorprendió de que el curso de los acontecimientos hubiera seguido un rumbo tan perfectamente predecible: el sol brillaba como nunca antes y el gato yacía inerte, como disecado sobre el piso de su patio trasero.
domingo, 29 de junio de 2008
Ningún evento de la naturaleza escapa a la causalidad.
El oído es un órgano sensorial par situado en la región lateral de la cabeza y destinado a una doble función: la audición y el equilibrio. El oído está subdividido en tres partes: oído externo, oído medio y oído interno.
Dentro del oído medio, se encuentra la caja del tímpano, que presenta en su parte alta tres pequeñas estructuras, que de afuera hacia dentro son: el martillo, el yunque y el estribo.
Este sistema, a través de la acción de los músculos, los distintos módulos de vibración de uno y otro huesecillo y las diversas condiciones en que se desarrolla el juego articular, ejerce una doble acción de acomodación auditiva y de protección de las delicadas estructuras frente a estímulos acústicos de elevada intensidad.
Así como no es por casualidad que tres huesecillos llamados martillo, yunque y estribo se pongan en relación para producir las ondas sonoras y podamos tener la capacidad de oír.
Hoy desperté pensando en las casualidades y causalidades de la vida.
Y cada vez estoy más segura de afirmar que los acontecimientos no son simples casualidades sino que encierran en sí mismos una cara interna de tipo causa – efecto. Es decir, una causalidad.
Me di cuenta que trabajo a la vuelta de donde trabajás vos.
Recuerdo la primera vez que arribé por recomendación a esa casa de camping. Pregunte por Renato o por el hijo de Renato. Me dijiste que Renato no estaba pero que vos eras su hijo.
Me mostraste las mochilas. Me probé un par. Recuerdo con qué precisión me explicabas la manera de colocársela, repartiendo bien el peso para que las piernas no se cansen demasiado.
-Lo importante es adaptar la mochila al cuerpo, no que el cuerpo se adapte a la mochila, afirmaste con seguridad-
Y fuiste en orden ajustándome todas las correas. Al pasar por mi cintura tu mano rozó suavemente mi costado.
-¿Cómo te sentís?- bien-, contesté sorprendiéndome lo cerca que estábamos uno del otro.
- Bueno ahora seguimos por el pecho y una vez ajustado tomas con tus dos manos así de los costados y te la ajustás vos- Y tomé entre mis dedos las correas de los costados, deslizándolas hacia atrás.
-¿Y ahora como te sentís?
-Muy bien, parece hecha a mi medida.
Ese día me fui con la sensación de que te conocía de antes y de que no se por qué o por cual circunstancia te volvería a ver.
Y así fue. Al mes y medio me ofrecieron un trabajo en la calle Paraná entre Mitre y Rivadavia. Y la casa de camping donde vos trabajás queda en Paraná entre Rivadavia y Montevideo.
Estos datos son indicios de que algo podría llegar a ocurrir entre nosotros dos, ya sea amistad, romance o simple vecindad laboral.
Recuerdo que un miércoles salí agotadísima del trabajo y me fui a esperar el colectivo en la esquina de Paraná. Vos estabas en la vereda de enfrente, sentado y mirabas vagamente hacia donde estaba yo, como si estuvieras tratando de recordar de dónde me conocías. Yo solo atiné a perder la mirada y seguir tocándome un mechón de pelo. No estaba tan cerca como para acercarme y saludarte. Me dio un poco de vergüenza. Lo más probable es que ni te acuerdes de mí.
Y ahora no sé que haré en los días subsiguientes que vaya al trabajo. Espero tener otra vez la oportunidad de que salgas un rato a tomar aire a la vereda. De lo contrario tendré que tomar coraje y entrar a la casa a averiguar el costo de esos termos que conservan el agua a la temperatura que deseamos, o el precio de una carpa para seis.
No sé si esta puede llegar a ser una casualidad o causalidad en mi vida, o ambas cosas a la vez. Como en aquella oportunidad que me quedé varada en Segovia, una tarde de tormenta haciendo dedo, perdí a mis compañeras de viaje y llegué por casualidad a ese hostal donde conocí al madrileño que más desvelo habría de ocasionarme en las noches de aquel invierno europeo.
Casualidad que se convierte en causalidad y va mutando para llegar a un fín. Eterna dialéctica que trasciende las implicancias del tiempo y permite seguir viviendo. Con un sentido, con libertad, sin que esto se convierta en un mero sobrevivir.
El oído es un órgano sensorial par situado en la región lateral de la cabeza y destinado a una doble función: la audición y el equilibrio. El oído está subdividido en tres partes: oído externo, oído medio y oído interno.
Dentro del oído medio, se encuentra la caja del tímpano, que presenta en su parte alta tres pequeñas estructuras, que de afuera hacia dentro son: el martillo, el yunque y el estribo.
Este sistema, a través de la acción de los músculos, los distintos módulos de vibración de uno y otro huesecillo y las diversas condiciones en que se desarrolla el juego articular, ejerce una doble acción de acomodación auditiva y de protección de las delicadas estructuras frente a estímulos acústicos de elevada intensidad.
Así como no es por casualidad que tres huesecillos llamados martillo, yunque y estribo se pongan en relación para producir las ondas sonoras y podamos tener la capacidad de oír.
Hoy desperté pensando en las casualidades y causalidades de la vida.
Y cada vez estoy más segura de afirmar que los acontecimientos no son simples casualidades sino que encierran en sí mismos una cara interna de tipo causa – efecto. Es decir, una causalidad.
Me di cuenta que trabajo a la vuelta de donde trabajás vos.
Recuerdo la primera vez que arribé por recomendación a esa casa de camping. Pregunte por Renato o por el hijo de Renato. Me dijiste que Renato no estaba pero que vos eras su hijo.
Me mostraste las mochilas. Me probé un par. Recuerdo con qué precisión me explicabas la manera de colocársela, repartiendo bien el peso para que las piernas no se cansen demasiado.
-Lo importante es adaptar la mochila al cuerpo, no que el cuerpo se adapte a la mochila, afirmaste con seguridad-
Y fuiste en orden ajustándome todas las correas. Al pasar por mi cintura tu mano rozó suavemente mi costado.
-¿Cómo te sentís?- bien-, contesté sorprendiéndome lo cerca que estábamos uno del otro.
- Bueno ahora seguimos por el pecho y una vez ajustado tomas con tus dos manos así de los costados y te la ajustás vos- Y tomé entre mis dedos las correas de los costados, deslizándolas hacia atrás.
-¿Y ahora como te sentís?
-Muy bien, parece hecha a mi medida.
Ese día me fui con la sensación de que te conocía de antes y de que no se por qué o por cual circunstancia te volvería a ver.
Y así fue. Al mes y medio me ofrecieron un trabajo en la calle Paraná entre Mitre y Rivadavia. Y la casa de camping donde vos trabajás queda en Paraná entre Rivadavia y Montevideo.
Estos datos son indicios de que algo podría llegar a ocurrir entre nosotros dos, ya sea amistad, romance o simple vecindad laboral.
Recuerdo que un miércoles salí agotadísima del trabajo y me fui a esperar el colectivo en la esquina de Paraná. Vos estabas en la vereda de enfrente, sentado y mirabas vagamente hacia donde estaba yo, como si estuvieras tratando de recordar de dónde me conocías. Yo solo atiné a perder la mirada y seguir tocándome un mechón de pelo. No estaba tan cerca como para acercarme y saludarte. Me dio un poco de vergüenza. Lo más probable es que ni te acuerdes de mí.
Y ahora no sé que haré en los días subsiguientes que vaya al trabajo. Espero tener otra vez la oportunidad de que salgas un rato a tomar aire a la vereda. De lo contrario tendré que tomar coraje y entrar a la casa a averiguar el costo de esos termos que conservan el agua a la temperatura que deseamos, o el precio de una carpa para seis.
No sé si esta puede llegar a ser una casualidad o causalidad en mi vida, o ambas cosas a la vez. Como en aquella oportunidad que me quedé varada en Segovia, una tarde de tormenta haciendo dedo, perdí a mis compañeras de viaje y llegué por casualidad a ese hostal donde conocí al madrileño que más desvelo habría de ocasionarme en las noches de aquel invierno europeo.
Casualidad que se convierte en causalidad y va mutando para llegar a un fín. Eterna dialéctica que trasciende las implicancias del tiempo y permite seguir viviendo. Con un sentido, con libertad, sin que esto se convierta en un mero sobrevivir.
Bicicletas
Ya era madrugada y las sombras se habían ido. El subió a su bicicleta y partió.
Ella pensó en todo. Lo que había sido. Lo que podría llegar a ser. Entendió sus miedos y la tortura de la ansiedad. Lo sabía porque lo había experimentado. Ese ir y venir de la mente que no da respiro, que ahoga sin cansancio.
Ellos sabían lo que era la soledad.
Pero ese fín de semana había sido distinto. No se habían despegado ni un minuto.
Era un pueblo con mar. El olor, la sensación de piel fría y el sonido rasgado de las olas daban cuenta de ello.
Caminaron juntos, dejando atrás playas, peces y llovizna de arena.
Vivieron en dos días más de lo que habían experimentado en cinco años. Entre esas cosas que se hacen cuando nada nos importa más que el espécimen que tenemos al lado, durmieron a la intemperie. Abrazados. Esos momentos que duran tan poco. Que se dejan entrever en los sueños, y dan ganas de despertarse de repente y guardarlos para que no se pierdan.
Una de las noches, se fueron hasta el muelle.
Había varios hombres pescando. Entre ellos un viejo de barba larga. Llamaba un poco la atención entre los demás personajes típicos de esos lares. Se acercaron e iniciaron una conversación:
-¿Y cómo va eso?, pregunto él con su voz grave (que a ella tanto le gustaba).
-Está difícil, contestó el viejo. La marea está roja. Eso contamina el agua y muchos peces mueren. Y los calamares son los que más cotizan en el mercado.
-Lo siento por usted contestó él.
Estuvieron charlando un largo rato. Les habló de las pertinencias del tiempo, de los tipos de peces. Los de agua dulce. Los de agua salada. Cuál era la mejor forma de colocar el anzuelo para pescarlos. Explicaba de tal forma como hacía su trabajo que daba gusto escucharlo. Y se notaba que tenía la sabiduría para hacerlo.
-Que extraño – dijo el viejo. Dos jóvenes como ustedes interesados en algo tan aburrido como el quehacer de un pescador.
-¿Y que se supone que nos tendría que interesar?, preguntó ella.
-No sé. Tal vez me equivoque pero a la mayoría de los jóvenes les interesan cuestiones como la música, ir a bailar, conciertos, cosas mas divertidas quizás.- No creo que sea una salida del todo romántica, venir a charlar con un viejo como yo – alegó sonriendo.
-Yo a su edad pensaba que iba a llevarme el mundo por delante. Tenía ganas de vivir y experimentar mucho. Y hoy en día me di cuenta que de a poco dejé de hacer muchas cosas que antes soñaba hacer y ya casi ni me arrepiento por ello
-¿Cree que se resignó?- pregunto él con ojos atentos
-No sé, en lo personal pienso que podría haber seguido haciendo muchas cosas si no hubiera sido por el miedo. Ah muchachos, les cuento un secreto y quiero que lo guarden por siempre; el miedo es el peor enemigo de lo imprevisible. El miedo paraliza y muchas veces no te deja actuar. Yo he dejado de hacer muchas cosas por miedo.
-Ah contestó ella y por eso tal vez mucha gente se resigna a lo que podría haber hecho y el miedo se lo impidió.
-Sí, o quizás se conforman. De repente uno ve como la gente se va emparchando de a poco, y hasta el más descosido le encuentra una vuelta de tuerca a su vida. Mientras yo sigo, rompiéndome la cabeza, pensando, retorciéndome para no traicionarme, diciendo que no muchas veces para poder seguir siendo esto auténtico que soy.
Y quizás para muchos solo sea un pobre pescador.
-Sólo una cosa les pido muchachos: hagan lo que quieran pero nunca se traicionen a sí mismos.
Después de esas últimas palabras del viejo nos sentimos como dos extraños.
Cómo si algo marcara nuestra existencia desde ese momento. Cuando la cabeza se abre y un torbellino de piedras nuevas ingresa.
Y volvimos, ya de madrugada, andando despacio, con las ruedas de la bici llenas de arena e incertidumbre.
Incertidumbre de no saber que iba a pasar. Arena que quedaba entre las huellas de lo que podía llegar a ser.
Ella pensó en todo. Lo que había sido. Lo que podría llegar a ser. Entendió sus miedos y la tortura de la ansiedad. Lo sabía porque lo había experimentado. Ese ir y venir de la mente que no da respiro, que ahoga sin cansancio.
Ellos sabían lo que era la soledad.
Pero ese fín de semana había sido distinto. No se habían despegado ni un minuto.
Era un pueblo con mar. El olor, la sensación de piel fría y el sonido rasgado de las olas daban cuenta de ello.
Caminaron juntos, dejando atrás playas, peces y llovizna de arena.
Vivieron en dos días más de lo que habían experimentado en cinco años. Entre esas cosas que se hacen cuando nada nos importa más que el espécimen que tenemos al lado, durmieron a la intemperie. Abrazados. Esos momentos que duran tan poco. Que se dejan entrever en los sueños, y dan ganas de despertarse de repente y guardarlos para que no se pierdan.
Una de las noches, se fueron hasta el muelle.
Había varios hombres pescando. Entre ellos un viejo de barba larga. Llamaba un poco la atención entre los demás personajes típicos de esos lares. Se acercaron e iniciaron una conversación:
-¿Y cómo va eso?, pregunto él con su voz grave (que a ella tanto le gustaba).
-Está difícil, contestó el viejo. La marea está roja. Eso contamina el agua y muchos peces mueren. Y los calamares son los que más cotizan en el mercado.
-Lo siento por usted contestó él.
Estuvieron charlando un largo rato. Les habló de las pertinencias del tiempo, de los tipos de peces. Los de agua dulce. Los de agua salada. Cuál era la mejor forma de colocar el anzuelo para pescarlos. Explicaba de tal forma como hacía su trabajo que daba gusto escucharlo. Y se notaba que tenía la sabiduría para hacerlo.
-Que extraño – dijo el viejo. Dos jóvenes como ustedes interesados en algo tan aburrido como el quehacer de un pescador.
-¿Y que se supone que nos tendría que interesar?, preguntó ella.
-No sé. Tal vez me equivoque pero a la mayoría de los jóvenes les interesan cuestiones como la música, ir a bailar, conciertos, cosas mas divertidas quizás.- No creo que sea una salida del todo romántica, venir a charlar con un viejo como yo – alegó sonriendo.
-Yo a su edad pensaba que iba a llevarme el mundo por delante. Tenía ganas de vivir y experimentar mucho. Y hoy en día me di cuenta que de a poco dejé de hacer muchas cosas que antes soñaba hacer y ya casi ni me arrepiento por ello
-¿Cree que se resignó?- pregunto él con ojos atentos
-No sé, en lo personal pienso que podría haber seguido haciendo muchas cosas si no hubiera sido por el miedo. Ah muchachos, les cuento un secreto y quiero que lo guarden por siempre; el miedo es el peor enemigo de lo imprevisible. El miedo paraliza y muchas veces no te deja actuar. Yo he dejado de hacer muchas cosas por miedo.
-Ah contestó ella y por eso tal vez mucha gente se resigna a lo que podría haber hecho y el miedo se lo impidió.
-Sí, o quizás se conforman. De repente uno ve como la gente se va emparchando de a poco, y hasta el más descosido le encuentra una vuelta de tuerca a su vida. Mientras yo sigo, rompiéndome la cabeza, pensando, retorciéndome para no traicionarme, diciendo que no muchas veces para poder seguir siendo esto auténtico que soy.
Y quizás para muchos solo sea un pobre pescador.
-Sólo una cosa les pido muchachos: hagan lo que quieran pero nunca se traicionen a sí mismos.
Después de esas últimas palabras del viejo nos sentimos como dos extraños.
Cómo si algo marcara nuestra existencia desde ese momento. Cuando la cabeza se abre y un torbellino de piedras nuevas ingresa.
Y volvimos, ya de madrugada, andando despacio, con las ruedas de la bici llenas de arena e incertidumbre.
Incertidumbre de no saber que iba a pasar. Arena que quedaba entre las huellas de lo que podía llegar a ser.
Me harté
Dicen que la verdad es lo que uno siente como verdad.
Y así fue.
Me harté de los dualismos, sadismos y oposiciones
Me harté de los extremos
Del blanco y negro
Del todo o nada.
Creo que solo creo en lo que veo nacer
En lo que se construye en el día a día
Y si es posible entre varios
La oruga envuelta en un capullo de seda
puede descifrar
como sabe el mundo
Va observando de a poquito
paso por paso
hasta que descubre la luz
Lleva dentro un manojo de sueños
y aunque aislada en su mundo
percibe mejor que nadie
la realidad de este tiempo
Ella sabe que las cosas
Van naciendo de a poquito y
No hay por qué resignarse a lo
ya instituído
Todos podemos ser orugas
para algún día
construir nuestro cielo
y salir a vuelo alto
Saqueando el arsenal
de partículas y marfil que nos robaron
Nos mancharon de sangre las alas.
El estrépito globo ya no gira
Y ahora es cuando el mundo
va tomando otra forma
Es el momento de crear
los submundos
para sobrevivir a este.
Cuando todos los por qué se delatan
Cuando lo que estaba implícito se clarifica
Cuando las cosas pueden exhibir
Su estado de pureza más íntima
Desnudas en el tiempo
las mariposas salen
Ya es tiempo de actuar.
Y así fue.
Me harté de los dualismos, sadismos y oposiciones
Me harté de los extremos
Del blanco y negro
Del todo o nada.
Creo que solo creo en lo que veo nacer
En lo que se construye en el día a día
Y si es posible entre varios
La oruga envuelta en un capullo de seda
puede descifrar
como sabe el mundo
Va observando de a poquito
paso por paso
hasta que descubre la luz
Lleva dentro un manojo de sueños
y aunque aislada en su mundo
percibe mejor que nadie
la realidad de este tiempo
Ella sabe que las cosas
Van naciendo de a poquito y
No hay por qué resignarse a lo
ya instituído
Todos podemos ser orugas
para algún día
construir nuestro cielo
y salir a vuelo alto
Saqueando el arsenal
de partículas y marfil que nos robaron
Nos mancharon de sangre las alas.
El estrépito globo ya no gira
Y ahora es cuando el mundo
va tomando otra forma
Es el momento de crear
los submundos
para sobrevivir a este.
Cuando todos los por qué se delatan
Cuando lo que estaba implícito se clarifica
Cuando las cosas pueden exhibir
Su estado de pureza más íntima
Desnudas en el tiempo
las mariposas salen
Ya es tiempo de actuar.
jueves, 20 de marzo de 2008
Después de Amaicha
Un arroyo que se va desenredando en mil partículas
A lo lejos se oye la forma en que estas estallan
El silencio crea voces, sonidos especiales
El color del silencio
Entre los cerros la soledad invade con su luz
Melancolía que llena
La totalidad asombra
Y la rueda mística va cambiando el rumbo de su vida
Las energías se redistribuyen
Fenómeno físico, ¿quizás?
Surge un nuevo ser
El anterior
El último
Y ahora que el viento ha cambiado su rumbo y la oruga ha madurado
Hoy solo sé que quiero compartir
Cuando al fín se han delatado algunos por qué
Hoy ya no quiero dudar
Sino atravesar el sendero de las flores amarillas
Y construir
Construir
No hay mayor alivio que la paz que refleja
La hierba húmeda
Tras los primeros rayos después
Del diluvio
El vacío que se va llenando
De una suave brisa
De un torrente cálido de luz
Que fluye como una espuma
Que acaricia el alma
Que sonríe hacia el infinito
A lo lejos se oye la forma en que estas estallan
El silencio crea voces, sonidos especiales
El color del silencio
Entre los cerros la soledad invade con su luz
Melancolía que llena
La totalidad asombra
Y la rueda mística va cambiando el rumbo de su vida
Las energías se redistribuyen
Fenómeno físico, ¿quizás?
Surge un nuevo ser
El anterior
El último
Y ahora que el viento ha cambiado su rumbo y la oruga ha madurado
Hoy solo sé que quiero compartir
Cuando al fín se han delatado algunos por qué
Hoy ya no quiero dudar
Sino atravesar el sendero de las flores amarillas
Y construir
Construir
No hay mayor alivio que la paz que refleja
La hierba húmeda
Tras los primeros rayos después
Del diluvio
El vacío que se va llenando
De una suave brisa
De un torrente cálido de luz
Que fluye como una espuma
Que acaricia el alma
Que sonríe hacia el infinito
Rutina
Los días de la semana se vuelven algunas veces ligeros y otras tan pesados como subir cinco escaleras. En realidad, parecería que las semanas pasan rápido, pero cada día es un ritual más o menos interminable. Desde que me levanto, en medio de la oscuridad de mi cueva (vivo en una Planta Baja), hasta que me acuesto, a altas horas de la noche, todo lo que queda en el medio, el proceso mismo del día, parecería ser como un sueño, fugaz, sarcástico e impenetrable.
En relación con la rutina, me levanto temprano y quiero saber acerca del estado del tiempo; opto por consultar la radio o el televisor, ya que los pequeños ventanales de “la cueva” no me permiten adivinar. Puedo recurrir al patio y de hecho lo hago.
Salgo y miro para arriba, me encuentro con un pedacito de cielo cuadrado, que con suerte si todo el cielo de la ciudad fuese homogéneo me afirmaría que está despejado. Y es sobre este mismo cielo donde he estado subiendo escaleras poco a poco, batiendo esta angustia, al detenerme en la tregua de contradicciones donde estuve buscando a mi alma, que yacía tibia sobre la hiedra.
Y ahora que ya ha pasado un tiempo y la vida resurge, voy armando mi propio cielo de a poquito. Y esta es mi sacra verdad, en lo que he estado pensando desde hace un tiempo, que yo creo en lo que veo nacer.
Y en la hora del presente, casualmente veo las tres plantitas de mi patio, que parecen mirarme y decirme a la vez: “sos una egoísta”. Sí, es verdad, no las riego casi nunca. Pobrecitas.
Pero bastante sobrevivieron estos dos años. Al igual que yo. Después vino una tormenta enorme que arrasó con las tres. Ah...ya me estoy acordando. Fue un miércoles de granizo. Sí como voy a olvidarme si estaba paseando por Corrientes. Y estaba con él. Creándome un submundo de historieta de muchacha enferma y sueños diurnos de invierno. Mientras que la rueda mística y él seguían su rumbo.
Respecto de mis tres plantas, dos son mías, la tercera es la más chiquita. Se les cayó a las vecinas del 5to “C” durante una pelea. A la semana me las crucé cuando venía de la facultad. Son dos hermanas, ambas estudian Medicina. Pasaron a saludarme y entonces, vieron la plantita. Se la quise devolver pero me dijeron que no tenía importancia para ellas. Me la regalaron.
Jueves. De nuevo, en “la cueva”. Igualmente la quiero, es mi casa en medio de esta ciudad ferviente y azarosa. Ojalá fuera como La Cueva de Pasarotus[1], en la calle Pueyrredón, un lugar de encuentro de músicos e intelectuales. Cambiaría totalmente su sentido. Nos quedaríamos cantando, leyendo y contando estrellas imaginarias hasta la madrugada. Y de hecho lo hago, cada minuto en que veo a una de ellas dar una vuelta por la calesita de mi atención. Vuelo y juego un rato con ella. Le doy un mate, y listo. Ya está.
De repente vuelvo a la realidad del día a día cotidiano, entonces me levanto, vuelvo a hacer el mate y trato de desperezarme.
Al llegar el viernes la rutina empieza a agobiarme. Entonces, mi imaginación se pone en contacto con ellas de nuevo, las llama y vienen hacia mí unas ganas irrefrenables de salir al sol. Subirme a un colectivo, ir y venir de la facultad, sentarme a escribir, los amigos, el taller y la asamblea se convierten en ingredientes de todos los días, ya que van pasando juntos o de a uno pero efectivamente pasan, por el tren de mi mente y de mi vida. Es decir, se ven en acto y a la vez se representan.
Finalmente, llega el fín de semana y aparece la pregunta universal: ¿Qué hice toda la semana para que se pasara tan rápido?. Se resume la magia de cada día, y llegado el lunes, el ciclo vuelve a empezar.
[1] La Cueva fue el lugar donde los primeros músicos de rock, entre ellos: Moris, Javier Martinez, Sandro, Los Guantes Negros de Billy Bond, etc, se juntaron para compartir sus canciones e inquietudes.
En relación con la rutina, me levanto temprano y quiero saber acerca del estado del tiempo; opto por consultar la radio o el televisor, ya que los pequeños ventanales de “la cueva” no me permiten adivinar. Puedo recurrir al patio y de hecho lo hago.
Salgo y miro para arriba, me encuentro con un pedacito de cielo cuadrado, que con suerte si todo el cielo de la ciudad fuese homogéneo me afirmaría que está despejado. Y es sobre este mismo cielo donde he estado subiendo escaleras poco a poco, batiendo esta angustia, al detenerme en la tregua de contradicciones donde estuve buscando a mi alma, que yacía tibia sobre la hiedra.
Y ahora que ya ha pasado un tiempo y la vida resurge, voy armando mi propio cielo de a poquito. Y esta es mi sacra verdad, en lo que he estado pensando desde hace un tiempo, que yo creo en lo que veo nacer.
Y en la hora del presente, casualmente veo las tres plantitas de mi patio, que parecen mirarme y decirme a la vez: “sos una egoísta”. Sí, es verdad, no las riego casi nunca. Pobrecitas.
Pero bastante sobrevivieron estos dos años. Al igual que yo. Después vino una tormenta enorme que arrasó con las tres. Ah...ya me estoy acordando. Fue un miércoles de granizo. Sí como voy a olvidarme si estaba paseando por Corrientes. Y estaba con él. Creándome un submundo de historieta de muchacha enferma y sueños diurnos de invierno. Mientras que la rueda mística y él seguían su rumbo.
Respecto de mis tres plantas, dos son mías, la tercera es la más chiquita. Se les cayó a las vecinas del 5to “C” durante una pelea. A la semana me las crucé cuando venía de la facultad. Son dos hermanas, ambas estudian Medicina. Pasaron a saludarme y entonces, vieron la plantita. Se la quise devolver pero me dijeron que no tenía importancia para ellas. Me la regalaron.
Jueves. De nuevo, en “la cueva”. Igualmente la quiero, es mi casa en medio de esta ciudad ferviente y azarosa. Ojalá fuera como La Cueva de Pasarotus[1], en la calle Pueyrredón, un lugar de encuentro de músicos e intelectuales. Cambiaría totalmente su sentido. Nos quedaríamos cantando, leyendo y contando estrellas imaginarias hasta la madrugada. Y de hecho lo hago, cada minuto en que veo a una de ellas dar una vuelta por la calesita de mi atención. Vuelo y juego un rato con ella. Le doy un mate, y listo. Ya está.
De repente vuelvo a la realidad del día a día cotidiano, entonces me levanto, vuelvo a hacer el mate y trato de desperezarme.
Al llegar el viernes la rutina empieza a agobiarme. Entonces, mi imaginación se pone en contacto con ellas de nuevo, las llama y vienen hacia mí unas ganas irrefrenables de salir al sol. Subirme a un colectivo, ir y venir de la facultad, sentarme a escribir, los amigos, el taller y la asamblea se convierten en ingredientes de todos los días, ya que van pasando juntos o de a uno pero efectivamente pasan, por el tren de mi mente y de mi vida. Es decir, se ven en acto y a la vez se representan.
Finalmente, llega el fín de semana y aparece la pregunta universal: ¿Qué hice toda la semana para que se pasara tan rápido?. Se resume la magia de cada día, y llegado el lunes, el ciclo vuelve a empezar.
[1] La Cueva fue el lugar donde los primeros músicos de rock, entre ellos: Moris, Javier Martinez, Sandro, Los Guantes Negros de Billy Bond, etc, se juntaron para compartir sus canciones e inquietudes.
Junturas
Venía viajando por la línea E desde el centro, rumbo a San Cristóbal. Uno de esos primeros días de calor de primavera, cuando la atmósfera de la ciudad se vuelve un tanto pegajosa y la gente empieza a quejarse. Pero al mismo tiempo cunde en el aire una sensación de expectativa y emoción de fín de año.
Subo a la estación. Las luces apagadas. El interior del vagón casi vacío se torna un tanto lúgubre. Sólo dos personas más suben. En el recorrido pienso por un instante a dónde iré a parar, y surge en mí la idea de que en realidad hay otras voces y personas a mi alrededor. Como si estuviera viviendo otra época de mi vida.
Observo los vagones viejos y pienso en los hombres y mujeres que tantas veces han viajado en ellos. Los minutos han dejado de existir, disolviéndose cada uno en el humo de la nostalgia.
En estación Jujuy sube mucha gente, entre ellas un señor de traje, dos niños con guardapolvo escolar y una señora gorda. Intuyo que debe haber entre ellos una relación de parentesco. Los niños se sientan enfrentados a la señora y automáticamente sacan sus celulares y empiezan a jugar cada uno con el suyo. Esta imagen vuelve a retrotraerme a la actualidad. Ya no son sólo vagones viejos para transportar gente, sino que estos están ocupados, además por objetos tecnológicos productos del nuevo milenio.
La señora saca una revista y empieza a hacer crucigramas. El señor ajusta su corbata y enseguida se coloca su reproductor mp3, con movimientos rápidos. Pareciera como si esta secuencia, hubiera sido programada de antemano.
Pasadas un par de estaciones, la señora ha terminado uno de los crucigramas. Sin demasiada prisa guarda la revista en su cartera, saca un set de maquillaje y se hace los últimos retoques con expresión de desgano. Guarda el set y el espejo, toma a los niños de la mano, y desaparece rápidamente.
La ciudad fluye, y sigue su rumbo. Dos estaciones antes de bajarme entra al subte uno de esos personajes raros intentando descontracturar el ambiente. Primero hace chistes, luego comienzan los malabares. Se oyen un par de risas cansadas a lo lejos.
No se por qué siempre tengo la costumbre de cambiar el foco de la escena y virar hacia el lado contrario. Empiezo a observar a la gente. La forma en que ellas están mirando el espectáculo. Una adolescente ríe francamente, la señora mayor de al lado frunce el entrecejo y da vuelta la cara hacia la ventanilla dejándose acariciar por la brisa espesa que ingresa desde la oscuridad.
Finalmente llego a destino. El señor de corbata y mp3 mira la hora y baja conmigo. Atrás quedó esta especie de circo de personajes urbanos, así como de sus corbatas, flores de plástico y hojas secas.
Y en el trasfondo, las huellas roídas por el otoño, el tiempo y la estupidez.
Subo a la estación. Las luces apagadas. El interior del vagón casi vacío se torna un tanto lúgubre. Sólo dos personas más suben. En el recorrido pienso por un instante a dónde iré a parar, y surge en mí la idea de que en realidad hay otras voces y personas a mi alrededor. Como si estuviera viviendo otra época de mi vida.
Observo los vagones viejos y pienso en los hombres y mujeres que tantas veces han viajado en ellos. Los minutos han dejado de existir, disolviéndose cada uno en el humo de la nostalgia.
En estación Jujuy sube mucha gente, entre ellas un señor de traje, dos niños con guardapolvo escolar y una señora gorda. Intuyo que debe haber entre ellos una relación de parentesco. Los niños se sientan enfrentados a la señora y automáticamente sacan sus celulares y empiezan a jugar cada uno con el suyo. Esta imagen vuelve a retrotraerme a la actualidad. Ya no son sólo vagones viejos para transportar gente, sino que estos están ocupados, además por objetos tecnológicos productos del nuevo milenio.
La señora saca una revista y empieza a hacer crucigramas. El señor ajusta su corbata y enseguida se coloca su reproductor mp3, con movimientos rápidos. Pareciera como si esta secuencia, hubiera sido programada de antemano.
Pasadas un par de estaciones, la señora ha terminado uno de los crucigramas. Sin demasiada prisa guarda la revista en su cartera, saca un set de maquillaje y se hace los últimos retoques con expresión de desgano. Guarda el set y el espejo, toma a los niños de la mano, y desaparece rápidamente.
La ciudad fluye, y sigue su rumbo. Dos estaciones antes de bajarme entra al subte uno de esos personajes raros intentando descontracturar el ambiente. Primero hace chistes, luego comienzan los malabares. Se oyen un par de risas cansadas a lo lejos.
No se por qué siempre tengo la costumbre de cambiar el foco de la escena y virar hacia el lado contrario. Empiezo a observar a la gente. La forma en que ellas están mirando el espectáculo. Una adolescente ríe francamente, la señora mayor de al lado frunce el entrecejo y da vuelta la cara hacia la ventanilla dejándose acariciar por la brisa espesa que ingresa desde la oscuridad.
Finalmente llego a destino. El señor de corbata y mp3 mira la hora y baja conmigo. Atrás quedó esta especie de circo de personajes urbanos, así como de sus corbatas, flores de plástico y hojas secas.
Y en el trasfondo, las huellas roídas por el otoño, el tiempo y la estupidez.
El regalo
Hoy es 24 de diciembre. Día de fiestas, la navidad se acerca.
Pedro yace frío sentado en un banco de plaza Miserere. Su cabeza está atontada por el ruido de los autos y colectivos que pasan a su alrededor. Su cuerpo demasiado delgado para ese cemento duro, sus rasgos muestran signos de inanición.
Los días de gloria se han borrado de su mente. El los necesita.
Había trabajado todo el día para un solo fín: alimentar su cuerpo. En los días de escasez se la pasaba mirando la vidriera de la panadería de la esquina. Se le hacía agua la boca, se quedaba un tiempo imaginando que ese trozo de pan de navidad corría por su boca y lo saboreaba en secreto. Después de un par de semanas había logrado juntar algo de dinero, pero la cosa estaba difícil. Los autos se resistían a estacionar para que él limpiara los vidrios, la gente andaba a las corridas, y el rédito era un tanto escaso, apenas un par de centavos.
Recuerda que felicidad sintió cuando por fín logro recaudar lo que necesitaba. Fue corriendo al lugar donde estaba su tesoro, lo vio humeante, ahora sí podría saborearlo verdaderamente. Cuando salió de la panadería cruzó enfrente a la plaza, su lugar desde hacía ya cierto tiempo. Empezó a comerlo, en un par de segundos ya se había devorado bastante de la ración que pensaba separar para los días subsiguientes. De pronto lo detuvo un llanto que parecía venir de otro lado.
Se dio vuelta y los vió. Se horrorizó al pensar en su propia situación. En un segundo los días de gloria sobrevinieron de a uno en su mente. Y pensó en sus hermanos, llorando, pidiendo a gritos algo de comer, y su madre tratando de complacerlos como podía. Eran buenos tiempos, todavía vivían como una familia. La calle no era una necesidad para ellos. Tanto él como sus hermanos sabían lo que era el amor de una madre y la satisfacción de sentirse protegidos.
Pero la imagen que vió Pedro nada que ver tenía con la cálida realidad que él había experimentado alguna vez. En ese momento el alma de Pedro sintió hambre. Ellos tres estaban desnudos debajo de un árbol, tal vez serían hermanos, abrazados para darse más calor, una manta sucia los cubría, debajo podía verse la fina piel que cubría sus pequeños huesos.
Ellos estaban llorando de hambre. Y si a algo se lo puede llamar compasión, fue lo que sintió Pedro en aquel instante. Corrió hacia donde estaban los tres pequeños y les dio de comer su pan.
La necesidad excede los caminos del alma. Gracias al alimento, ésta pudo volver al cuerpo.
Los niños dejaron de llorar.
Pedro yace frío sentado en un banco de plaza Miserere. Su cabeza está atontada por el ruido de los autos y colectivos que pasan a su alrededor. Su cuerpo demasiado delgado para ese cemento duro, sus rasgos muestran signos de inanición.
Los días de gloria se han borrado de su mente. El los necesita.
Había trabajado todo el día para un solo fín: alimentar su cuerpo. En los días de escasez se la pasaba mirando la vidriera de la panadería de la esquina. Se le hacía agua la boca, se quedaba un tiempo imaginando que ese trozo de pan de navidad corría por su boca y lo saboreaba en secreto. Después de un par de semanas había logrado juntar algo de dinero, pero la cosa estaba difícil. Los autos se resistían a estacionar para que él limpiara los vidrios, la gente andaba a las corridas, y el rédito era un tanto escaso, apenas un par de centavos.
Recuerda que felicidad sintió cuando por fín logro recaudar lo que necesitaba. Fue corriendo al lugar donde estaba su tesoro, lo vio humeante, ahora sí podría saborearlo verdaderamente. Cuando salió de la panadería cruzó enfrente a la plaza, su lugar desde hacía ya cierto tiempo. Empezó a comerlo, en un par de segundos ya se había devorado bastante de la ración que pensaba separar para los días subsiguientes. De pronto lo detuvo un llanto que parecía venir de otro lado.
Se dio vuelta y los vió. Se horrorizó al pensar en su propia situación. En un segundo los días de gloria sobrevinieron de a uno en su mente. Y pensó en sus hermanos, llorando, pidiendo a gritos algo de comer, y su madre tratando de complacerlos como podía. Eran buenos tiempos, todavía vivían como una familia. La calle no era una necesidad para ellos. Tanto él como sus hermanos sabían lo que era el amor de una madre y la satisfacción de sentirse protegidos.
Pero la imagen que vió Pedro nada que ver tenía con la cálida realidad que él había experimentado alguna vez. En ese momento el alma de Pedro sintió hambre. Ellos tres estaban desnudos debajo de un árbol, tal vez serían hermanos, abrazados para darse más calor, una manta sucia los cubría, debajo podía verse la fina piel que cubría sus pequeños huesos.
Ellos estaban llorando de hambre. Y si a algo se lo puede llamar compasión, fue lo que sintió Pedro en aquel instante. Corrió hacia donde estaban los tres pequeños y les dio de comer su pan.
La necesidad excede los caminos del alma. Gracias al alimento, ésta pudo volver al cuerpo.
Los niños dejaron de llorar.
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