Un arroyo que se va desenredando en mil partículas
A lo lejos se oye la forma en que estas estallan
El silencio crea voces, sonidos especiales
El color del silencio
Entre los cerros la soledad invade con su luz
Melancolía que llena
La totalidad asombra
Y la rueda mística va cambiando el rumbo de su vida
Las energías se redistribuyen
Fenómeno físico, ¿quizás?
Surge un nuevo ser
El anterior
El último
Y ahora que el viento ha cambiado su rumbo y la oruga ha madurado
Hoy solo sé que quiero compartir
Cuando al fín se han delatado algunos por qué
Hoy ya no quiero dudar
Sino atravesar el sendero de las flores amarillas
Y construir
Construir
No hay mayor alivio que la paz que refleja
La hierba húmeda
Tras los primeros rayos después
Del diluvio
El vacío que se va llenando
De una suave brisa
De un torrente cálido de luz
Que fluye como una espuma
Que acaricia el alma
Que sonríe hacia el infinito
jueves, 20 de marzo de 2008
Rutina
Los días de la semana se vuelven algunas veces ligeros y otras tan pesados como subir cinco escaleras. En realidad, parecería que las semanas pasan rápido, pero cada día es un ritual más o menos interminable. Desde que me levanto, en medio de la oscuridad de mi cueva (vivo en una Planta Baja), hasta que me acuesto, a altas horas de la noche, todo lo que queda en el medio, el proceso mismo del día, parecería ser como un sueño, fugaz, sarcástico e impenetrable.
En relación con la rutina, me levanto temprano y quiero saber acerca del estado del tiempo; opto por consultar la radio o el televisor, ya que los pequeños ventanales de “la cueva” no me permiten adivinar. Puedo recurrir al patio y de hecho lo hago.
Salgo y miro para arriba, me encuentro con un pedacito de cielo cuadrado, que con suerte si todo el cielo de la ciudad fuese homogéneo me afirmaría que está despejado. Y es sobre este mismo cielo donde he estado subiendo escaleras poco a poco, batiendo esta angustia, al detenerme en la tregua de contradicciones donde estuve buscando a mi alma, que yacía tibia sobre la hiedra.
Y ahora que ya ha pasado un tiempo y la vida resurge, voy armando mi propio cielo de a poquito. Y esta es mi sacra verdad, en lo que he estado pensando desde hace un tiempo, que yo creo en lo que veo nacer.
Y en la hora del presente, casualmente veo las tres plantitas de mi patio, que parecen mirarme y decirme a la vez: “sos una egoísta”. Sí, es verdad, no las riego casi nunca. Pobrecitas.
Pero bastante sobrevivieron estos dos años. Al igual que yo. Después vino una tormenta enorme que arrasó con las tres. Ah...ya me estoy acordando. Fue un miércoles de granizo. Sí como voy a olvidarme si estaba paseando por Corrientes. Y estaba con él. Creándome un submundo de historieta de muchacha enferma y sueños diurnos de invierno. Mientras que la rueda mística y él seguían su rumbo.
Respecto de mis tres plantas, dos son mías, la tercera es la más chiquita. Se les cayó a las vecinas del 5to “C” durante una pelea. A la semana me las crucé cuando venía de la facultad. Son dos hermanas, ambas estudian Medicina. Pasaron a saludarme y entonces, vieron la plantita. Se la quise devolver pero me dijeron que no tenía importancia para ellas. Me la regalaron.
Jueves. De nuevo, en “la cueva”. Igualmente la quiero, es mi casa en medio de esta ciudad ferviente y azarosa. Ojalá fuera como La Cueva de Pasarotus[1], en la calle Pueyrredón, un lugar de encuentro de músicos e intelectuales. Cambiaría totalmente su sentido. Nos quedaríamos cantando, leyendo y contando estrellas imaginarias hasta la madrugada. Y de hecho lo hago, cada minuto en que veo a una de ellas dar una vuelta por la calesita de mi atención. Vuelo y juego un rato con ella. Le doy un mate, y listo. Ya está.
De repente vuelvo a la realidad del día a día cotidiano, entonces me levanto, vuelvo a hacer el mate y trato de desperezarme.
Al llegar el viernes la rutina empieza a agobiarme. Entonces, mi imaginación se pone en contacto con ellas de nuevo, las llama y vienen hacia mí unas ganas irrefrenables de salir al sol. Subirme a un colectivo, ir y venir de la facultad, sentarme a escribir, los amigos, el taller y la asamblea se convierten en ingredientes de todos los días, ya que van pasando juntos o de a uno pero efectivamente pasan, por el tren de mi mente y de mi vida. Es decir, se ven en acto y a la vez se representan.
Finalmente, llega el fín de semana y aparece la pregunta universal: ¿Qué hice toda la semana para que se pasara tan rápido?. Se resume la magia de cada día, y llegado el lunes, el ciclo vuelve a empezar.
[1] La Cueva fue el lugar donde los primeros músicos de rock, entre ellos: Moris, Javier Martinez, Sandro, Los Guantes Negros de Billy Bond, etc, se juntaron para compartir sus canciones e inquietudes.
En relación con la rutina, me levanto temprano y quiero saber acerca del estado del tiempo; opto por consultar la radio o el televisor, ya que los pequeños ventanales de “la cueva” no me permiten adivinar. Puedo recurrir al patio y de hecho lo hago.
Salgo y miro para arriba, me encuentro con un pedacito de cielo cuadrado, que con suerte si todo el cielo de la ciudad fuese homogéneo me afirmaría que está despejado. Y es sobre este mismo cielo donde he estado subiendo escaleras poco a poco, batiendo esta angustia, al detenerme en la tregua de contradicciones donde estuve buscando a mi alma, que yacía tibia sobre la hiedra.
Y ahora que ya ha pasado un tiempo y la vida resurge, voy armando mi propio cielo de a poquito. Y esta es mi sacra verdad, en lo que he estado pensando desde hace un tiempo, que yo creo en lo que veo nacer.
Y en la hora del presente, casualmente veo las tres plantitas de mi patio, que parecen mirarme y decirme a la vez: “sos una egoísta”. Sí, es verdad, no las riego casi nunca. Pobrecitas.
Pero bastante sobrevivieron estos dos años. Al igual que yo. Después vino una tormenta enorme que arrasó con las tres. Ah...ya me estoy acordando. Fue un miércoles de granizo. Sí como voy a olvidarme si estaba paseando por Corrientes. Y estaba con él. Creándome un submundo de historieta de muchacha enferma y sueños diurnos de invierno. Mientras que la rueda mística y él seguían su rumbo.
Respecto de mis tres plantas, dos son mías, la tercera es la más chiquita. Se les cayó a las vecinas del 5to “C” durante una pelea. A la semana me las crucé cuando venía de la facultad. Son dos hermanas, ambas estudian Medicina. Pasaron a saludarme y entonces, vieron la plantita. Se la quise devolver pero me dijeron que no tenía importancia para ellas. Me la regalaron.
Jueves. De nuevo, en “la cueva”. Igualmente la quiero, es mi casa en medio de esta ciudad ferviente y azarosa. Ojalá fuera como La Cueva de Pasarotus[1], en la calle Pueyrredón, un lugar de encuentro de músicos e intelectuales. Cambiaría totalmente su sentido. Nos quedaríamos cantando, leyendo y contando estrellas imaginarias hasta la madrugada. Y de hecho lo hago, cada minuto en que veo a una de ellas dar una vuelta por la calesita de mi atención. Vuelo y juego un rato con ella. Le doy un mate, y listo. Ya está.
De repente vuelvo a la realidad del día a día cotidiano, entonces me levanto, vuelvo a hacer el mate y trato de desperezarme.
Al llegar el viernes la rutina empieza a agobiarme. Entonces, mi imaginación se pone en contacto con ellas de nuevo, las llama y vienen hacia mí unas ganas irrefrenables de salir al sol. Subirme a un colectivo, ir y venir de la facultad, sentarme a escribir, los amigos, el taller y la asamblea se convierten en ingredientes de todos los días, ya que van pasando juntos o de a uno pero efectivamente pasan, por el tren de mi mente y de mi vida. Es decir, se ven en acto y a la vez se representan.
Finalmente, llega el fín de semana y aparece la pregunta universal: ¿Qué hice toda la semana para que se pasara tan rápido?. Se resume la magia de cada día, y llegado el lunes, el ciclo vuelve a empezar.
[1] La Cueva fue el lugar donde los primeros músicos de rock, entre ellos: Moris, Javier Martinez, Sandro, Los Guantes Negros de Billy Bond, etc, se juntaron para compartir sus canciones e inquietudes.
Junturas
Venía viajando por la línea E desde el centro, rumbo a San Cristóbal. Uno de esos primeros días de calor de primavera, cuando la atmósfera de la ciudad se vuelve un tanto pegajosa y la gente empieza a quejarse. Pero al mismo tiempo cunde en el aire una sensación de expectativa y emoción de fín de año.
Subo a la estación. Las luces apagadas. El interior del vagón casi vacío se torna un tanto lúgubre. Sólo dos personas más suben. En el recorrido pienso por un instante a dónde iré a parar, y surge en mí la idea de que en realidad hay otras voces y personas a mi alrededor. Como si estuviera viviendo otra época de mi vida.
Observo los vagones viejos y pienso en los hombres y mujeres que tantas veces han viajado en ellos. Los minutos han dejado de existir, disolviéndose cada uno en el humo de la nostalgia.
En estación Jujuy sube mucha gente, entre ellas un señor de traje, dos niños con guardapolvo escolar y una señora gorda. Intuyo que debe haber entre ellos una relación de parentesco. Los niños se sientan enfrentados a la señora y automáticamente sacan sus celulares y empiezan a jugar cada uno con el suyo. Esta imagen vuelve a retrotraerme a la actualidad. Ya no son sólo vagones viejos para transportar gente, sino que estos están ocupados, además por objetos tecnológicos productos del nuevo milenio.
La señora saca una revista y empieza a hacer crucigramas. El señor ajusta su corbata y enseguida se coloca su reproductor mp3, con movimientos rápidos. Pareciera como si esta secuencia, hubiera sido programada de antemano.
Pasadas un par de estaciones, la señora ha terminado uno de los crucigramas. Sin demasiada prisa guarda la revista en su cartera, saca un set de maquillaje y se hace los últimos retoques con expresión de desgano. Guarda el set y el espejo, toma a los niños de la mano, y desaparece rápidamente.
La ciudad fluye, y sigue su rumbo. Dos estaciones antes de bajarme entra al subte uno de esos personajes raros intentando descontracturar el ambiente. Primero hace chistes, luego comienzan los malabares. Se oyen un par de risas cansadas a lo lejos.
No se por qué siempre tengo la costumbre de cambiar el foco de la escena y virar hacia el lado contrario. Empiezo a observar a la gente. La forma en que ellas están mirando el espectáculo. Una adolescente ríe francamente, la señora mayor de al lado frunce el entrecejo y da vuelta la cara hacia la ventanilla dejándose acariciar por la brisa espesa que ingresa desde la oscuridad.
Finalmente llego a destino. El señor de corbata y mp3 mira la hora y baja conmigo. Atrás quedó esta especie de circo de personajes urbanos, así como de sus corbatas, flores de plástico y hojas secas.
Y en el trasfondo, las huellas roídas por el otoño, el tiempo y la estupidez.
Subo a la estación. Las luces apagadas. El interior del vagón casi vacío se torna un tanto lúgubre. Sólo dos personas más suben. En el recorrido pienso por un instante a dónde iré a parar, y surge en mí la idea de que en realidad hay otras voces y personas a mi alrededor. Como si estuviera viviendo otra época de mi vida.
Observo los vagones viejos y pienso en los hombres y mujeres que tantas veces han viajado en ellos. Los minutos han dejado de existir, disolviéndose cada uno en el humo de la nostalgia.
En estación Jujuy sube mucha gente, entre ellas un señor de traje, dos niños con guardapolvo escolar y una señora gorda. Intuyo que debe haber entre ellos una relación de parentesco. Los niños se sientan enfrentados a la señora y automáticamente sacan sus celulares y empiezan a jugar cada uno con el suyo. Esta imagen vuelve a retrotraerme a la actualidad. Ya no son sólo vagones viejos para transportar gente, sino que estos están ocupados, además por objetos tecnológicos productos del nuevo milenio.
La señora saca una revista y empieza a hacer crucigramas. El señor ajusta su corbata y enseguida se coloca su reproductor mp3, con movimientos rápidos. Pareciera como si esta secuencia, hubiera sido programada de antemano.
Pasadas un par de estaciones, la señora ha terminado uno de los crucigramas. Sin demasiada prisa guarda la revista en su cartera, saca un set de maquillaje y se hace los últimos retoques con expresión de desgano. Guarda el set y el espejo, toma a los niños de la mano, y desaparece rápidamente.
La ciudad fluye, y sigue su rumbo. Dos estaciones antes de bajarme entra al subte uno de esos personajes raros intentando descontracturar el ambiente. Primero hace chistes, luego comienzan los malabares. Se oyen un par de risas cansadas a lo lejos.
No se por qué siempre tengo la costumbre de cambiar el foco de la escena y virar hacia el lado contrario. Empiezo a observar a la gente. La forma en que ellas están mirando el espectáculo. Una adolescente ríe francamente, la señora mayor de al lado frunce el entrecejo y da vuelta la cara hacia la ventanilla dejándose acariciar por la brisa espesa que ingresa desde la oscuridad.
Finalmente llego a destino. El señor de corbata y mp3 mira la hora y baja conmigo. Atrás quedó esta especie de circo de personajes urbanos, así como de sus corbatas, flores de plástico y hojas secas.
Y en el trasfondo, las huellas roídas por el otoño, el tiempo y la estupidez.
El regalo
Hoy es 24 de diciembre. Día de fiestas, la navidad se acerca.
Pedro yace frío sentado en un banco de plaza Miserere. Su cabeza está atontada por el ruido de los autos y colectivos que pasan a su alrededor. Su cuerpo demasiado delgado para ese cemento duro, sus rasgos muestran signos de inanición.
Los días de gloria se han borrado de su mente. El los necesita.
Había trabajado todo el día para un solo fín: alimentar su cuerpo. En los días de escasez se la pasaba mirando la vidriera de la panadería de la esquina. Se le hacía agua la boca, se quedaba un tiempo imaginando que ese trozo de pan de navidad corría por su boca y lo saboreaba en secreto. Después de un par de semanas había logrado juntar algo de dinero, pero la cosa estaba difícil. Los autos se resistían a estacionar para que él limpiara los vidrios, la gente andaba a las corridas, y el rédito era un tanto escaso, apenas un par de centavos.
Recuerda que felicidad sintió cuando por fín logro recaudar lo que necesitaba. Fue corriendo al lugar donde estaba su tesoro, lo vio humeante, ahora sí podría saborearlo verdaderamente. Cuando salió de la panadería cruzó enfrente a la plaza, su lugar desde hacía ya cierto tiempo. Empezó a comerlo, en un par de segundos ya se había devorado bastante de la ración que pensaba separar para los días subsiguientes. De pronto lo detuvo un llanto que parecía venir de otro lado.
Se dio vuelta y los vió. Se horrorizó al pensar en su propia situación. En un segundo los días de gloria sobrevinieron de a uno en su mente. Y pensó en sus hermanos, llorando, pidiendo a gritos algo de comer, y su madre tratando de complacerlos como podía. Eran buenos tiempos, todavía vivían como una familia. La calle no era una necesidad para ellos. Tanto él como sus hermanos sabían lo que era el amor de una madre y la satisfacción de sentirse protegidos.
Pero la imagen que vió Pedro nada que ver tenía con la cálida realidad que él había experimentado alguna vez. En ese momento el alma de Pedro sintió hambre. Ellos tres estaban desnudos debajo de un árbol, tal vez serían hermanos, abrazados para darse más calor, una manta sucia los cubría, debajo podía verse la fina piel que cubría sus pequeños huesos.
Ellos estaban llorando de hambre. Y si a algo se lo puede llamar compasión, fue lo que sintió Pedro en aquel instante. Corrió hacia donde estaban los tres pequeños y les dio de comer su pan.
La necesidad excede los caminos del alma. Gracias al alimento, ésta pudo volver al cuerpo.
Los niños dejaron de llorar.
Pedro yace frío sentado en un banco de plaza Miserere. Su cabeza está atontada por el ruido de los autos y colectivos que pasan a su alrededor. Su cuerpo demasiado delgado para ese cemento duro, sus rasgos muestran signos de inanición.
Los días de gloria se han borrado de su mente. El los necesita.
Había trabajado todo el día para un solo fín: alimentar su cuerpo. En los días de escasez se la pasaba mirando la vidriera de la panadería de la esquina. Se le hacía agua la boca, se quedaba un tiempo imaginando que ese trozo de pan de navidad corría por su boca y lo saboreaba en secreto. Después de un par de semanas había logrado juntar algo de dinero, pero la cosa estaba difícil. Los autos se resistían a estacionar para que él limpiara los vidrios, la gente andaba a las corridas, y el rédito era un tanto escaso, apenas un par de centavos.
Recuerda que felicidad sintió cuando por fín logro recaudar lo que necesitaba. Fue corriendo al lugar donde estaba su tesoro, lo vio humeante, ahora sí podría saborearlo verdaderamente. Cuando salió de la panadería cruzó enfrente a la plaza, su lugar desde hacía ya cierto tiempo. Empezó a comerlo, en un par de segundos ya se había devorado bastante de la ración que pensaba separar para los días subsiguientes. De pronto lo detuvo un llanto que parecía venir de otro lado.
Se dio vuelta y los vió. Se horrorizó al pensar en su propia situación. En un segundo los días de gloria sobrevinieron de a uno en su mente. Y pensó en sus hermanos, llorando, pidiendo a gritos algo de comer, y su madre tratando de complacerlos como podía. Eran buenos tiempos, todavía vivían como una familia. La calle no era una necesidad para ellos. Tanto él como sus hermanos sabían lo que era el amor de una madre y la satisfacción de sentirse protegidos.
Pero la imagen que vió Pedro nada que ver tenía con la cálida realidad que él había experimentado alguna vez. En ese momento el alma de Pedro sintió hambre. Ellos tres estaban desnudos debajo de un árbol, tal vez serían hermanos, abrazados para darse más calor, una manta sucia los cubría, debajo podía verse la fina piel que cubría sus pequeños huesos.
Ellos estaban llorando de hambre. Y si a algo se lo puede llamar compasión, fue lo que sintió Pedro en aquel instante. Corrió hacia donde estaban los tres pequeños y les dio de comer su pan.
La necesidad excede los caminos del alma. Gracias al alimento, ésta pudo volver al cuerpo.
Los niños dejaron de llorar.
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