Hoy es 24 de diciembre. Día de fiestas, la navidad se acerca.
Pedro yace frío sentado en un banco de plaza Miserere. Su cabeza está atontada por el ruido de los autos y colectivos que pasan a su alrededor. Su cuerpo demasiado delgado para ese cemento duro, sus rasgos muestran signos de inanición.
Los días de gloria se han borrado de su mente. El los necesita.
Había trabajado todo el día para un solo fín: alimentar su cuerpo. En los días de escasez se la pasaba mirando la vidriera de la panadería de la esquina. Se le hacía agua la boca, se quedaba un tiempo imaginando que ese trozo de pan de navidad corría por su boca y lo saboreaba en secreto. Después de un par de semanas había logrado juntar algo de dinero, pero la cosa estaba difícil. Los autos se resistían a estacionar para que él limpiara los vidrios, la gente andaba a las corridas, y el rédito era un tanto escaso, apenas un par de centavos.
Recuerda que felicidad sintió cuando por fín logro recaudar lo que necesitaba. Fue corriendo al lugar donde estaba su tesoro, lo vio humeante, ahora sí podría saborearlo verdaderamente. Cuando salió de la panadería cruzó enfrente a la plaza, su lugar desde hacía ya cierto tiempo. Empezó a comerlo, en un par de segundos ya se había devorado bastante de la ración que pensaba separar para los días subsiguientes. De pronto lo detuvo un llanto que parecía venir de otro lado.
Se dio vuelta y los vió. Se horrorizó al pensar en su propia situación. En un segundo los días de gloria sobrevinieron de a uno en su mente. Y pensó en sus hermanos, llorando, pidiendo a gritos algo de comer, y su madre tratando de complacerlos como podía. Eran buenos tiempos, todavía vivían como una familia. La calle no era una necesidad para ellos. Tanto él como sus hermanos sabían lo que era el amor de una madre y la satisfacción de sentirse protegidos.
Pero la imagen que vió Pedro nada que ver tenía con la cálida realidad que él había experimentado alguna vez. En ese momento el alma de Pedro sintió hambre. Ellos tres estaban desnudos debajo de un árbol, tal vez serían hermanos, abrazados para darse más calor, una manta sucia los cubría, debajo podía verse la fina piel que cubría sus pequeños huesos.
Ellos estaban llorando de hambre. Y si a algo se lo puede llamar compasión, fue lo que sintió Pedro en aquel instante. Corrió hacia donde estaban los tres pequeños y les dio de comer su pan.
La necesidad excede los caminos del alma. Gracias al alimento, ésta pudo volver al cuerpo.
Los niños dejaron de llorar.
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