jueves, 20 de marzo de 2008

Junturas

Venía viajando por la línea E desde el centro, rumbo a San Cristóbal. Uno de esos primeros días de calor de primavera, cuando la atmósfera de la ciudad se vuelve un tanto pegajosa y la gente empieza a quejarse. Pero al mismo tiempo cunde en el aire una sensación de expectativa y emoción de fín de año.
Subo a la estación. Las luces apagadas. El interior del vagón casi vacío se torna un tanto lúgubre. Sólo dos personas más suben. En el recorrido pienso por un instante a dónde iré a parar, y surge en mí la idea de que en realidad hay otras voces y personas a mi alrededor. Como si estuviera viviendo otra época de mi vida.
Observo los vagones viejos y pienso en los hombres y mujeres que tantas veces han viajado en ellos. Los minutos han dejado de existir, disolviéndose cada uno en el humo de la nostalgia.
En estación Jujuy sube mucha gente, entre ellas un señor de traje, dos niños con guardapolvo escolar y una señora gorda. Intuyo que debe haber entre ellos una relación de parentesco. Los niños se sientan enfrentados a la señora y automáticamente sacan sus celulares y empiezan a jugar cada uno con el suyo. Esta imagen vuelve a retrotraerme a la actualidad. Ya no son sólo vagones viejos para transportar gente, sino que estos están ocupados, además por objetos tecnológicos productos del nuevo milenio.
La señora saca una revista y empieza a hacer crucigramas. El señor ajusta su corbata y enseguida se coloca su reproductor mp3, con movimientos rápidos. Pareciera como si esta secuencia, hubiera sido programada de antemano.
Pasadas un par de estaciones, la señora ha terminado uno de los crucigramas. Sin demasiada prisa guarda la revista en su cartera, saca un set de maquillaje y se hace los últimos retoques con expresión de desgano. Guarda el set y el espejo, toma a los niños de la mano, y desaparece rápidamente.
La ciudad fluye, y sigue su rumbo. Dos estaciones antes de bajarme entra al subte uno de esos personajes raros intentando descontracturar el ambiente. Primero hace chistes, luego comienzan los malabares. Se oyen un par de risas cansadas a lo lejos.
No se por qué siempre tengo la costumbre de cambiar el foco de la escena y virar hacia el lado contrario. Empiezo a observar a la gente. La forma en que ellas están mirando el espectáculo. Una adolescente ríe francamente, la señora mayor de al lado frunce el entrecejo y da vuelta la cara hacia la ventanilla dejándose acariciar por la brisa espesa que ingresa desde la oscuridad.
Finalmente llego a destino. El señor de corbata y mp3 mira la hora y baja conmigo. Atrás quedó esta especie de circo de personajes urbanos, así como de sus corbatas, flores de plástico y hojas secas.
Y en el trasfondo, las huellas roídas por el otoño, el tiempo y la estupidez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajaja qué bueno vicky!!
me gusta leerte narrativa

besos