jueves, 20 de marzo de 2008

Rutina

Los días de la semana se vuelven algunas veces ligeros y otras tan pesados como subir cinco escaleras. En realidad, parecería que las semanas pasan rápido, pero cada día es un ritual más o menos interminable. Desde que me levanto, en medio de la oscuridad de mi cueva (vivo en una Planta Baja), hasta que me acuesto, a altas horas de la noche, todo lo que queda en el medio, el proceso mismo del día, parecería ser como un sueño, fugaz, sarcástico e impenetrable.
En relación con la rutina, me levanto temprano y quiero saber acerca del estado del tiempo; opto por consultar la radio o el televisor, ya que los pequeños ventanales de “la cueva” no me permiten adivinar. Puedo recurrir al patio y de hecho lo hago.
Salgo y miro para arriba, me encuentro con un pedacito de cielo cuadrado, que con suerte si todo el cielo de la ciudad fuese homogéneo me afirmaría que está despejado. Y es sobre este mismo cielo donde he estado subiendo escaleras poco a poco, batiendo esta angustia, al detenerme en la tregua de contradicciones donde estuve buscando a mi alma, que yacía tibia sobre la hiedra.
Y ahora que ya ha pasado un tiempo y la vida resurge, voy armando mi propio cielo de a poquito. Y esta es mi sacra verdad, en lo que he estado pensando desde hace un tiempo, que yo creo en lo que veo nacer.
Y en la hora del presente, casualmente veo las tres plantitas de mi patio, que parecen mirarme y decirme a la vez: “sos una egoísta”. Sí, es verdad, no las riego casi nunca. Pobrecitas.
Pero bastante sobrevivieron estos dos años. Al igual que yo. Después vino una tormenta enorme que arrasó con las tres. Ah...ya me estoy acordando. Fue un miércoles de granizo. Sí como voy a olvidarme si estaba paseando por Corrientes. Y estaba con él. Creándome un submundo de historieta de muchacha enferma y sueños diurnos de invierno. Mientras que la rueda mística y él seguían su rumbo.
Respecto de mis tres plantas, dos son mías, la tercera es la más chiquita. Se les cayó a las vecinas del 5to “C” durante una pelea. A la semana me las crucé cuando venía de la facultad. Son dos hermanas, ambas estudian Medicina. Pasaron a saludarme y entonces, vieron la plantita. Se la quise devolver pero me dijeron que no tenía importancia para ellas. Me la regalaron.
Jueves. De nuevo, en “la cueva”. Igualmente la quiero, es mi casa en medio de esta ciudad ferviente y azarosa. Ojalá fuera como La Cueva de Pasarotus[1], en la calle Pueyrredón, un lugar de encuentro de músicos e intelectuales. Cambiaría totalmente su sentido. Nos quedaríamos cantando, leyendo y contando estrellas imaginarias hasta la madrugada. Y de hecho lo hago, cada minuto en que veo a una de ellas dar una vuelta por la calesita de mi atención. Vuelo y juego un rato con ella. Le doy un mate, y listo. Ya está.
De repente vuelvo a la realidad del día a día cotidiano, entonces me levanto, vuelvo a hacer el mate y trato de desperezarme.
Al llegar el viernes la rutina empieza a agobiarme. Entonces, mi imaginación se pone en contacto con ellas de nuevo, las llama y vienen hacia mí unas ganas irrefrenables de salir al sol. Subirme a un colectivo, ir y venir de la facultad, sentarme a escribir, los amigos, el taller y la asamblea se convierten en ingredientes de todos los días, ya que van pasando juntos o de a uno pero efectivamente pasan, por el tren de mi mente y de mi vida. Es decir, se ven en acto y a la vez se representan.
Finalmente, llega el fín de semana y aparece la pregunta universal: ¿Qué hice toda la semana para que se pasara tan rápido?. Se resume la magia de cada día, y llegado el lunes, el ciclo vuelve a empezar.





[1] La Cueva fue el lugar donde los primeros músicos de rock, entre ellos: Moris, Javier Martinez, Sandro, Los Guantes Negros de Billy Bond, etc, se juntaron para compartir sus canciones e inquietudes.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Quien este libre de cueva que arroje la primer maceta

Anónimo dijo...

jajaja hola vicu, te estoy leyendo