domingo, 29 de junio de 2008

Ningún evento de la naturaleza escapa a la causalidad.
El oído es un órgano sensorial par situado en la región lateral de la cabeza y destinado a una doble función: la audición y el equilibrio. El oído está subdividido en tres partes: oído externo, oído medio y oído interno.
Dentro del oído medio, se encuentra la caja del tímpano, que presenta en su parte alta tres pequeñas estructuras, que de afuera hacia dentro son: el martillo, el yunque y el estribo.
Este sistema, a través de la acción de los músculos, los distintos módulos de vibración de uno y otro huesecillo y las diversas condiciones en que se desarrolla el juego articular, ejerce una doble acción de acomodación auditiva y de protección de las delicadas estructuras frente a estímulos acústicos de elevada intensidad.
Así como no es por casualidad que tres huesecillos llamados martillo, yunque y estribo se pongan en relación para producir las ondas sonoras y podamos tener la capacidad de oír.
Hoy desperté pensando en las casualidades y causalidades de la vida.
Y cada vez estoy más segura de afirmar que los acontecimientos no son simples casualidades sino que encierran en sí mismos una cara interna de tipo causa – efecto. Es decir, una causalidad.

Me di cuenta que trabajo a la vuelta de donde trabajás vos.

Recuerdo la primera vez que arribé por recomendación a esa casa de camping. Pregunte por Renato o por el hijo de Renato. Me dijiste que Renato no estaba pero que vos eras su hijo.
Me mostraste las mochilas. Me probé un par. Recuerdo con qué precisión me explicabas la manera de colocársela, repartiendo bien el peso para que las piernas no se cansen demasiado.
-Lo importante es adaptar la mochila al cuerpo, no que el cuerpo se adapte a la mochila, afirmaste con seguridad-
Y fuiste en orden ajustándome todas las correas. Al pasar por mi cintura tu mano rozó suavemente mi costado.
-¿Cómo te sentís?- bien-, contesté sorprendiéndome lo cerca que estábamos uno del otro.
- Bueno ahora seguimos por el pecho y una vez ajustado tomas con tus dos manos así de los costados y te la ajustás vos- Y tomé entre mis dedos las correas de los costados, deslizándolas hacia atrás.
-¿Y ahora como te sentís?
-Muy bien, parece hecha a mi medida.
Ese día me fui con la sensación de que te conocía de antes y de que no se por qué o por cual circunstancia te volvería a ver.
Y así fue. Al mes y medio me ofrecieron un trabajo en la calle Paraná entre Mitre y Rivadavia. Y la casa de camping donde vos trabajás queda en Paraná entre Rivadavia y Montevideo.
Estos datos son indicios de que algo podría llegar a ocurrir entre nosotros dos, ya sea amistad, romance o simple vecindad laboral.
Recuerdo que un miércoles salí agotadísima del trabajo y me fui a esperar el colectivo en la esquina de Paraná. Vos estabas en la vereda de enfrente, sentado y mirabas vagamente hacia donde estaba yo, como si estuvieras tratando de recordar de dónde me conocías. Yo solo atiné a perder la mirada y seguir tocándome un mechón de pelo. No estaba tan cerca como para acercarme y saludarte. Me dio un poco de vergüenza. Lo más probable es que ni te acuerdes de mí.
Y ahora no sé que haré en los días subsiguientes que vaya al trabajo. Espero tener otra vez la oportunidad de que salgas un rato a tomar aire a la vereda. De lo contrario tendré que tomar coraje y entrar a la casa a averiguar el costo de esos termos que conservan el agua a la temperatura que deseamos, o el precio de una carpa para seis.
No sé si esta puede llegar a ser una casualidad o causalidad en mi vida, o ambas cosas a la vez. Como en aquella oportunidad que me quedé varada en Segovia, una tarde de tormenta haciendo dedo, perdí a mis compañeras de viaje y llegué por casualidad a ese hostal donde conocí al madrileño que más desvelo habría de ocasionarme en las noches de aquel invierno europeo.
Casualidad que se convierte en causalidad y va mutando para llegar a un fín. Eterna dialéctica que trasciende las implicancias del tiempo y permite seguir viviendo. Con un sentido, con libertad, sin que esto se convierta en un mero sobrevivir.

Bicicletas

Ya era madrugada y las sombras se habían ido. El subió a su bicicleta y partió.
Ella pensó en todo. Lo que había sido. Lo que podría llegar a ser. Entendió sus miedos y la tortura de la ansiedad. Lo sabía porque lo había experimentado. Ese ir y venir de la mente que no da respiro, que ahoga sin cansancio.
Ellos sabían lo que era la soledad.
Pero ese fín de semana había sido distinto. No se habían despegado ni un minuto.
Era un pueblo con mar. El olor, la sensación de piel fría y el sonido rasgado de las olas daban cuenta de ello.
Caminaron juntos, dejando atrás playas, peces y llovizna de arena.
Vivieron en dos días más de lo que habían experimentado en cinco años. Entre esas cosas que se hacen cuando nada nos importa más que el espécimen que tenemos al lado, durmieron a la intemperie. Abrazados. Esos momentos que duran tan poco. Que se dejan entrever en los sueños, y dan ganas de despertarse de repente y guardarlos para que no se pierdan.
Una de las noches, se fueron hasta el muelle.
Había varios hombres pescando. Entre ellos un viejo de barba larga. Llamaba un poco la atención entre los demás personajes típicos de esos lares. Se acercaron e iniciaron una conversación:
-¿Y cómo va eso?, pregunto él con su voz grave (que a ella tanto le gustaba).
-Está difícil, contestó el viejo. La marea está roja. Eso contamina el agua y muchos peces mueren. Y los calamares son los que más cotizan en el mercado.
-Lo siento por usted contestó él.
Estuvieron charlando un largo rato. Les habló de las pertinencias del tiempo, de los tipos de peces. Los de agua dulce. Los de agua salada. Cuál era la mejor forma de colocar el anzuelo para pescarlos. Explicaba de tal forma como hacía su trabajo que daba gusto escucharlo. Y se notaba que tenía la sabiduría para hacerlo.
-Que extraño – dijo el viejo. Dos jóvenes como ustedes interesados en algo tan aburrido como el quehacer de un pescador.
-¿Y que se supone que nos tendría que interesar?, preguntó ella.
-No sé. Tal vez me equivoque pero a la mayoría de los jóvenes les interesan cuestiones como la música, ir a bailar, conciertos, cosas mas divertidas quizás.- No creo que sea una salida del todo romántica, venir a charlar con un viejo como yo – alegó sonriendo.
-Yo a su edad pensaba que iba a llevarme el mundo por delante. Tenía ganas de vivir y experimentar mucho. Y hoy en día me di cuenta que de a poco dejé de hacer muchas cosas que antes soñaba hacer y ya casi ni me arrepiento por ello
-¿Cree que se resignó?- pregunto él con ojos atentos
-No sé, en lo personal pienso que podría haber seguido haciendo muchas cosas si no hubiera sido por el miedo. Ah muchachos, les cuento un secreto y quiero que lo guarden por siempre; el miedo es el peor enemigo de lo imprevisible. El miedo paraliza y muchas veces no te deja actuar. Yo he dejado de hacer muchas cosas por miedo.
-Ah contestó ella y por eso tal vez mucha gente se resigna a lo que podría haber hecho y el miedo se lo impidió.
-Sí, o quizás se conforman. De repente uno ve como la gente se va emparchando de a poco, y hasta el más descosido le encuentra una vuelta de tuerca a su vida. Mientras yo sigo, rompiéndome la cabeza, pensando, retorciéndome para no traicionarme, diciendo que no muchas veces para poder seguir siendo esto auténtico que soy.
Y quizás para muchos solo sea un pobre pescador.
-Sólo una cosa les pido muchachos: hagan lo que quieran pero nunca se traicionen a sí mismos.
Después de esas últimas palabras del viejo nos sentimos como dos extraños.
Cómo si algo marcara nuestra existencia desde ese momento. Cuando la cabeza se abre y un torbellino de piedras nuevas ingresa.
Y volvimos, ya de madrugada, andando despacio, con las ruedas de la bici llenas de arena e incertidumbre.
Incertidumbre de no saber que iba a pasar. Arena que quedaba entre las huellas de lo que podía llegar a ser.

Me harté

Dicen que la verdad es lo que uno siente como verdad.

Y así fue.
Me harté de los dualismos, sadismos y oposiciones
Me harté de los extremos
Del blanco y negro
Del todo o nada.

Creo que solo creo en lo que veo nacer
En lo que se construye en el día a día
Y si es posible entre varios

La oruga envuelta en un capullo de seda
puede descifrar
como sabe el mundo
Va observando de a poquito
paso por paso
hasta que descubre la luz
Lleva dentro un manojo de sueños
y aunque aislada en su mundo
percibe mejor que nadie
la realidad de este tiempo
Ella sabe que las cosas
Van naciendo de a poquito y
No hay por qué resignarse a lo
ya instituído

Todos podemos ser orugas
para algún día
construir nuestro cielo
y salir a vuelo alto

Saqueando el arsenal
de partículas y marfil que nos robaron

Nos mancharon de sangre las alas.

El estrépito globo ya no gira
Y ahora es cuando el mundo
va tomando otra forma

Es el momento de crear
los submundos
para sobrevivir a este.

Cuando todos los por qué se delatan
Cuando lo que estaba implícito se clarifica
Cuando las cosas pueden exhibir
Su estado de pureza más íntima


Desnudas en el tiempo
las mariposas salen

Ya es tiempo de actuar.