Ya era madrugada y las sombras se habían ido. El subió a su bicicleta y partió.
Ella pensó en todo. Lo que había sido. Lo que podría llegar a ser. Entendió sus miedos y la tortura de la ansiedad. Lo sabía porque lo había experimentado. Ese ir y venir de la mente que no da respiro, que ahoga sin cansancio.
Ellos sabían lo que era la soledad.
Pero ese fín de semana había sido distinto. No se habían despegado ni un minuto.
Era un pueblo con mar. El olor, la sensación de piel fría y el sonido rasgado de las olas daban cuenta de ello.
Caminaron juntos, dejando atrás playas, peces y llovizna de arena.
Vivieron en dos días más de lo que habían experimentado en cinco años. Entre esas cosas que se hacen cuando nada nos importa más que el espécimen que tenemos al lado, durmieron a la intemperie. Abrazados. Esos momentos que duran tan poco. Que se dejan entrever en los sueños, y dan ganas de despertarse de repente y guardarlos para que no se pierdan.
Una de las noches, se fueron hasta el muelle.
Había varios hombres pescando. Entre ellos un viejo de barba larga. Llamaba un poco la atención entre los demás personajes típicos de esos lares. Se acercaron e iniciaron una conversación:
-¿Y cómo va eso?, pregunto él con su voz grave (que a ella tanto le gustaba).
-Está difícil, contestó el viejo. La marea está roja. Eso contamina el agua y muchos peces mueren. Y los calamares son los que más cotizan en el mercado.
-Lo siento por usted contestó él.
Estuvieron charlando un largo rato. Les habló de las pertinencias del tiempo, de los tipos de peces. Los de agua dulce. Los de agua salada. Cuál era la mejor forma de colocar el anzuelo para pescarlos. Explicaba de tal forma como hacía su trabajo que daba gusto escucharlo. Y se notaba que tenía la sabiduría para hacerlo.
-Que extraño – dijo el viejo. Dos jóvenes como ustedes interesados en algo tan aburrido como el quehacer de un pescador.
-¿Y que se supone que nos tendría que interesar?, preguntó ella.
-No sé. Tal vez me equivoque pero a la mayoría de los jóvenes les interesan cuestiones como la música, ir a bailar, conciertos, cosas mas divertidas quizás.- No creo que sea una salida del todo romántica, venir a charlar con un viejo como yo – alegó sonriendo.
-Yo a su edad pensaba que iba a llevarme el mundo por delante. Tenía ganas de vivir y experimentar mucho. Y hoy en día me di cuenta que de a poco dejé de hacer muchas cosas que antes soñaba hacer y ya casi ni me arrepiento por ello
-¿Cree que se resignó?- pregunto él con ojos atentos
-No sé, en lo personal pienso que podría haber seguido haciendo muchas cosas si no hubiera sido por el miedo. Ah muchachos, les cuento un secreto y quiero que lo guarden por siempre; el miedo es el peor enemigo de lo imprevisible. El miedo paraliza y muchas veces no te deja actuar. Yo he dejado de hacer muchas cosas por miedo.
-Ah contestó ella y por eso tal vez mucha gente se resigna a lo que podría haber hecho y el miedo se lo impidió.
-Sí, o quizás se conforman. De repente uno ve como la gente se va emparchando de a poco, y hasta el más descosido le encuentra una vuelta de tuerca a su vida. Mientras yo sigo, rompiéndome la cabeza, pensando, retorciéndome para no traicionarme, diciendo que no muchas veces para poder seguir siendo esto auténtico que soy.
Y quizás para muchos solo sea un pobre pescador.
-Sólo una cosa les pido muchachos: hagan lo que quieran pero nunca se traicionen a sí mismos.
Después de esas últimas palabras del viejo nos sentimos como dos extraños.
Cómo si algo marcara nuestra existencia desde ese momento. Cuando la cabeza se abre y un torbellino de piedras nuevas ingresa.
Y volvimos, ya de madrugada, andando despacio, con las ruedas de la bici llenas de arena e incertidumbre.
Incertidumbre de no saber que iba a pasar. Arena que quedaba entre las huellas de lo que podía llegar a ser.
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