La vida está llena de paradojas. Sobre todo la de Malena.
Casi al mismo tiempo en que Malena se enteró de que su concubino se iba de viaje un gato intruso comenzó a hostigar a su amada Inti.
Inti era la gata de Malena. Habían compartido casi una vida juntas. Primero en la casa de su madre durante la adolescencia de Malena. Cuando se mudó con José a Villa Crespo se la llevó con ellos.
Malena se resistía a abandonar a Inti. Habían compartido muchas tardes de mate amargo, libros no leídos y ocio mal entendido.
Inti había presenciado todo el historial de charlas de Malena con sus amigas.
Las de los días simples, las de los días lluviosos de tortas fritas. Aquellos domingos lagrimosos, así como los preparativos para salir un sábado a la noche, un jueves descolgado o el inoportuno madrugón de un lunes.
Inti era blanca, espumosa, brillante, sigilosa como una bailarina. Se la pasaba todo el día en una especie de deslizamiento constante. De acá para allá. De repente antes de que alguien se percatara hacía de las suyas.
Se iba a sus sitios enigmáticos como detrás del cableado del televisor a estirarse y lamerse las patas. O aparecía sorpresivamente por detrás de la espalda de Malena emitiendo suaves sonidos.
Y un día, mientras Inti dormía y Malena remendaba un pantalón cayó José con la noticia de que se iba de viaje. Que una beca, posgrado, no se qué, la cuestión es que se iba por lo menos por un año. Y ya no había vuelta a atrás.
Y justo la misma madrugada en que se fue José apareció un gato por encima del techo de la casa de Malena.
Venía medio corcoveando, con una pata lastimada. Inti se acercó, le lamió la herida y así se quedaron un rato uno cerca del otro.
Y al otro día volvió y ya un poco más atrevido empezó a usurpar el plato de comida de Inti.
Al cuarto día venía y se instalaba junto a la ventana de la habitación de Malena. Bastante tenía pobre Malena de amaneceres confusos y noches sin nombre, como para encima tener que soportar el maullido de un gato intruso.
Se levantó y le dio de comer.
Al sexto día a Malena le costó levantarse. No había podido dormir. Hacía un par de días que padecía de insomnio, y tenía pesadillas como esa en la cual dos ciegos juegan a lastimarse, y se despertaba mal y angustiada. En relación con esto su prima Tamara le repetía todo el tiempo que tenía que tomar té de melisa por las noches, que ayudaba a tranquilizarse.
Y para colmo el gato había maullado toda la noche y hostigado a su pobre Inti.
No soportaba más, algo tenía que hacer con ese intruso animal. Inti estaba lastimada, tenía heridas en la oreja y la pata derecha renga.
Malena no tenía ningún pariente, vecino o persona cercana que aborreciera tanto como para pedirle que se llevara a su casa al maldito gato.
La angustia había retornado nuevamente, atando cabos, y un círculo de desidia, polvo y sangre la acorralaron a medida que pasaban los días. Dos semanas y José no escribía.
Su alma se había vuelto cautiva y una sensación enfermiza que hacía mucho no experimentaba se apoderó de ella.
Y así siguieron un par de semanas, hasta que un día y en el instante menos pensado halló una soga en medio de este insinuoso río.
Había salido a colgar la ropa a la terraza cuando justo lo vió. Venía corriendo por el tejado, con una pata medio renga, y su larga terminación negra arrastrándose a coletazos. Al principio todo era gris y difuso hasta que finalmente pensó, esta debe ser la solución.
Simple, fría, un poco turbia pero finalmente eficaz: matar al gato como sea.
Matar para sobrevivir a este sabor amargo de extrañar hasta desear morir sin haberlo conocido.
Esa noche Malena volvió muy tarde a su casa.
Medio dormida se lavó los dientes y se quitó el maquillaje de los ojos.
Estaba furiosa. Todavía no se explicaba como había llegado a la situación de haber estado todo el día acumulando nervios a causa de un encuentro ínfimo que apenas duró tres horas, insulso café con leche de por medio.
El gato había ingresado a la casa y estaba cómodamente sentado sobre su cama.
Enseguida pegó un buen grito y el gato salió por la ventana de la habitación que estaba entreabierta.
-Es hora de darle de comer a Inti- pensó-
Armó dos platos de comida y procuró no equivocarse: el veneno sobre la derecha. El de la izquierda le correspondía a su pequeña Inti.
Salió de la cocina y encontró a ambos gatos jugueteando. No había signos de violencia.
Sin vacilar, les dio sus respectivos platos. Inti comió rápidamente. Luego, Malena procuró que entrara pronto a la casa y que durmiera cerca suyo, cerrando bien los postigos de la ventana. Y desde su cama, abrazada a Inti lo espiaba por una hendija de la ventana.
El gato negro dio un par de vueltas alrededor del plato. Se lamió los pies y las manos. Finalmente comió.
A la mañana siguiente Malena se levantó y mientras desayunaba se asomó por el vidrio espejado de la cocina, que estaba al lado de su habitación.
Se sorprendió de que el curso de los acontecimientos hubiera seguido un rumbo tan perfectamente predecible: el sol brillaba como nunca antes y el gato yacía inerte, como disecado sobre el piso de su patio trasero.
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