Recuerdo que el día que pasó lo del abuelo yo estaba en la carnicería de Don Román.
Solía ir seguido. Cuando era chico mi mamá se cansaba de retarme y de verme tirado todo el día, entonces me pedía que le haga mandados: al almacén, a la verdulería y a la carnicería de Don Román.
En realidad eso de estar tirado en la cama todo el día no era vagancia, sino ocio mal entendido. Ya que dicen que cuando uno es adolescente necesita muchos momentos de no hacer nada para procesar los terribles cambios corporales y emocionales que luego irán definiendo un ser adulto. Luego esos momentos de ocio, con el correr de los años se irán ocupando por rituales tales como: estar en familia, ir al gimnasio, salir con los amigos, mirar tele y chatear. Donde al fín y al cabo no sabe si lo mejor hubiera sido seguir siendo niño, ya que cuando uno es chico, al menos utiliza la imaginación para ocupar esos malditos y enigmáticos tiempos de ocio.
Así pues, yo me tiraba en la cama a escuchar esa música infame que mamá odiaba y construía idiomas, ciudades, monstruos y héroes.
La carnicería de Don Román quedaba a la vuelta de mi casa. Yo amaba ese lugar, sobre todo porque me hacía sentir todo un hombre maduro.
Don Román enseguida me ponía a trabajar, me asignaba tareas y después como recompensa me daba diez o veinte pesos dependiendo de la renta del día y el ánimo del viejo.
Entonces sonaba más interesante volver a casa y a la archirepetida pregunta de que hiciste todo el día en la calle responder con un: “fui a la carnicería y estuve ayudando a Don Román”.
Además a mi gustaba el olor de las carnicerías. Sí. Aunque suene un tanto caníbal siempre tuve la fantasía de averiguar como sabe la carne cruda. Y de hecho ya lo había hecho, sacándole a escondidas a mamá un pedacito, mientras ella le daba de comer a Sable. Sable era nuestro Dogo alemán traído casi por error a la familia y de conducta implacable.
En fín, me encantaba llegar a la carnicería y escuchar el ruido de la cortadora, de la máquina para triturar y hacer hamburguesas. Disfrutaba de la tarea de cortar las costeletas para después quitarle la grasa blanca que le quedaba a los costados. Luego tomarlas y pesarlas sobre la balanza. Mi tío, que en sus viejos tiempos hubiera querido ser médico me decía: ¿por qué no seguís cirugía querido?. Es muy parecido a esto, a diferencia de que la carne humana es un tanto más dura cuando está inerte y salta más sangre estando viva.
Y a mí se me revolvía el estómago pensando en tales cuestiones.
Además en la carnicería de Don Román había aprendido un montón de cosas acerca del rubro: sabía cuales eran los mejores cortes, que el lomo (uno de los más codiciados) nada tenía que ver con lo que muchos confundían como la nalga o el peceto. También sabía que la carne más tierna proviene del llamado ganado “feed lot” que son vacas que se alimentan a base de cereal a diferencia de las vacas que se alimentan de pasto y dan como resultado una clase de carne más dura.
Entre otras cosas, yo atendía un rato el mostrador. La cortadora la manejaba bastante bien. Me costaba un poco el tema de las hamburguesas. La carne triturada no se me unía bien y quedaba como un masacote cuadrado impasible de presentar a la vista de un cliente con muy buen ojo y diente para estas cosas.
Me gustaba también escuchar a los viejos hablar sobre el clima. Ellos discutían acerca de si era mejor que el viento venga del norte o del este para que de una buena lluvia que no arruine la cosecha y amenazaban todo el tiempo con la típica frase: “pasado mañana llueve”.
Pero lo cierto era que muy pocas veces acertaban y el pasado mañana llegaba pero sin lluvia.
Y para colmo, ese verano la sequía hacía arder los campos bonaerenses.
Recuerdo que de entre los viejos que hablaban de las inclemencias del tiempo, el que más le acertaba era mi abuelo. Con su mirada imbatible me explicaba:
-Mirá Juancito, el viento está virando del oeste y ahora sopla viento norte. El miércoles va a llover.
Y llegaba el miércoles y la profecía efectivamente se cumplía.
Y era una fiesta en el pueblo si la lluvía llegaba a superar los cien milímetros. Toda la siembra del año anterior estaba salvada y no había nada más que hacer que ponerse a cosechar.
Me acuerdo que el día que paso lo del abuelo, un 31 de enero de 1994 estaba nublado y el aire se respiraba un tanto oscuro.
El viejo estaba recolectando frutos de la higuera para hacer dulce, cuando le vino el infarto.
Después lo internaron. Pero no duró más de dos semanas.
Y yo quería creer que él era una de esas pocas personas que nos resultan eternas e invencibles.
Se lo llevaron en andas, cubierto de espuma y flores blancas.
Todo el pueblo lo quería a mi abuelo.
Aún hoy salgo a la vereda y lo veo venir con su paso firme de león humilde.
Y si me siento un rato llego a percibir ese viento del norte, virando del oeste, desparramando cenizas por el aire.
Solía ir seguido. Cuando era chico mi mamá se cansaba de retarme y de verme tirado todo el día, entonces me pedía que le haga mandados: al almacén, a la verdulería y a la carnicería de Don Román.
En realidad eso de estar tirado en la cama todo el día no era vagancia, sino ocio mal entendido. Ya que dicen que cuando uno es adolescente necesita muchos momentos de no hacer nada para procesar los terribles cambios corporales y emocionales que luego irán definiendo un ser adulto. Luego esos momentos de ocio, con el correr de los años se irán ocupando por rituales tales como: estar en familia, ir al gimnasio, salir con los amigos, mirar tele y chatear. Donde al fín y al cabo no sabe si lo mejor hubiera sido seguir siendo niño, ya que cuando uno es chico, al menos utiliza la imaginación para ocupar esos malditos y enigmáticos tiempos de ocio.
Así pues, yo me tiraba en la cama a escuchar esa música infame que mamá odiaba y construía idiomas, ciudades, monstruos y héroes.
La carnicería de Don Román quedaba a la vuelta de mi casa. Yo amaba ese lugar, sobre todo porque me hacía sentir todo un hombre maduro.
Don Román enseguida me ponía a trabajar, me asignaba tareas y después como recompensa me daba diez o veinte pesos dependiendo de la renta del día y el ánimo del viejo.
Entonces sonaba más interesante volver a casa y a la archirepetida pregunta de que hiciste todo el día en la calle responder con un: “fui a la carnicería y estuve ayudando a Don Román”.
Además a mi gustaba el olor de las carnicerías. Sí. Aunque suene un tanto caníbal siempre tuve la fantasía de averiguar como sabe la carne cruda. Y de hecho ya lo había hecho, sacándole a escondidas a mamá un pedacito, mientras ella le daba de comer a Sable. Sable era nuestro Dogo alemán traído casi por error a la familia y de conducta implacable.
En fín, me encantaba llegar a la carnicería y escuchar el ruido de la cortadora, de la máquina para triturar y hacer hamburguesas. Disfrutaba de la tarea de cortar las costeletas para después quitarle la grasa blanca que le quedaba a los costados. Luego tomarlas y pesarlas sobre la balanza. Mi tío, que en sus viejos tiempos hubiera querido ser médico me decía: ¿por qué no seguís cirugía querido?. Es muy parecido a esto, a diferencia de que la carne humana es un tanto más dura cuando está inerte y salta más sangre estando viva.
Y a mí se me revolvía el estómago pensando en tales cuestiones.
Además en la carnicería de Don Román había aprendido un montón de cosas acerca del rubro: sabía cuales eran los mejores cortes, que el lomo (uno de los más codiciados) nada tenía que ver con lo que muchos confundían como la nalga o el peceto. También sabía que la carne más tierna proviene del llamado ganado “feed lot” que son vacas que se alimentan a base de cereal a diferencia de las vacas que se alimentan de pasto y dan como resultado una clase de carne más dura.
Entre otras cosas, yo atendía un rato el mostrador. La cortadora la manejaba bastante bien. Me costaba un poco el tema de las hamburguesas. La carne triturada no se me unía bien y quedaba como un masacote cuadrado impasible de presentar a la vista de un cliente con muy buen ojo y diente para estas cosas.
Me gustaba también escuchar a los viejos hablar sobre el clima. Ellos discutían acerca de si era mejor que el viento venga del norte o del este para que de una buena lluvia que no arruine la cosecha y amenazaban todo el tiempo con la típica frase: “pasado mañana llueve”.
Pero lo cierto era que muy pocas veces acertaban y el pasado mañana llegaba pero sin lluvia.
Y para colmo, ese verano la sequía hacía arder los campos bonaerenses.
Recuerdo que de entre los viejos que hablaban de las inclemencias del tiempo, el que más le acertaba era mi abuelo. Con su mirada imbatible me explicaba:
-Mirá Juancito, el viento está virando del oeste y ahora sopla viento norte. El miércoles va a llover.
Y llegaba el miércoles y la profecía efectivamente se cumplía.
Y era una fiesta en el pueblo si la lluvía llegaba a superar los cien milímetros. Toda la siembra del año anterior estaba salvada y no había nada más que hacer que ponerse a cosechar.
Me acuerdo que el día que paso lo del abuelo, un 31 de enero de 1994 estaba nublado y el aire se respiraba un tanto oscuro.
El viejo estaba recolectando frutos de la higuera para hacer dulce, cuando le vino el infarto.
Después lo internaron. Pero no duró más de dos semanas.
Y yo quería creer que él era una de esas pocas personas que nos resultan eternas e invencibles.
Se lo llevaron en andas, cubierto de espuma y flores blancas.
Todo el pueblo lo quería a mi abuelo.
Aún hoy salgo a la vereda y lo veo venir con su paso firme de león humilde.
Y si me siento un rato llego a percibir ese viento del norte, virando del oeste, desparramando cenizas por el aire.
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