lunes, 28 de septiembre de 2009

Primer encuentro

Una tarde de junio una mujer se para frente al pórtico antiguo de un edificio ubicado en las calles 48 y 13 y espera a que el reloj de las cuatro de la tarde para tocar el timbre del tercer piso, departamento D.
En ese mismo instante un hombre ofuscado por la cantidad de papeles que sobresalen de su escritorio en la oficina de la calle 2 y 60 pega la oreja al edificio contiguo al oír una melodía conocida, que parecería ser el tango "Adiós Nonino" para luego asomarse al balcón de su oficina y deleitarse por lo bajo.
La mujer tiene el cabello muy corto, un vestido negro y botas de caña alta. Está sentada en la sala de espera de un consultorio odontológico, cruza las piernas y se acomoda los anteojos para poder leer más de cerca el capítulo tercero de "Crimen y Castigo".
El hombre mira su reloj y siendo ya las cuatro de la tarde cierra su maletín y camina rápidamente hacia la calle, toma un taxi, paga y entra a un edificio de pórtico antiguo para luego ingresar a una sala de espera con sillones de cuero color bordó y cuadros de tono amarronado.
La mujer de cabello corto está leyendo la pág. 15 de su libro cuando el ruido de una sirena la distrae, entonces su cabeza gira cuarenta cinco grados hacia el ángulo derecho de la sala de espera del consultorio de la calle 48 y 13, momento en el cual ve ingresar a un hombre alto, de cabellos crespos, maletín y sobretodo largo hasta los pies.
La mujer, que tendrá unos treinta y cinco años ha recorrido una vasta experiencia en el mundo de los hombres. Lo ha visto todo.
Lindos, feos pero interesantes, hermosos pero aburridos, soñadores, imbéciles. El de aquel verano, el que promete amor eterno en las primeras semanas y al mes desaparece sin dejar rastro. El que estuvo siempre cerca pero nunca se animaba a hablarle, el chantaje típico de las salidas nocturnas los fines de semana, etc.
Con solo mirar a los ojos a un hombre en las primeras salidas ella sabe como seguirá el curso de los acontecimientos, inclusive si la historia seguirá o terminará. Tiene esa cualidad que sus amigas envidian.
Luego de saber como terminará la historia solo quedan dos opciones y siendo la indecisión una característica peculiar en esta mujer que hace que, a una edad en que la mayoría de las mujeres se desesperan por formar su tan ansiado ideal de familia, ella todavía se encuentre sola.
Por lo que en general esta mujer siempre optará por probar y seguir.
Seguir que se acaba la vida y una mancha más al tigre no podrá producir más que efectos colaterales, casi efímeros en ese cuerpo maduro y joven a la vez y en ese andar melancólico pero inquieto que la caracterizan. Su único lema en este plano es que: siempre lo nuevo puede ser mejor.
La mujer mira hacia el costado y le llama la atención la prolijidad de ese hombre, la sistematización de sus movimientos: al quitarse el saco, deja el maletín a un costado, apaga el celular y busca algo a su alrededor para leer. El hombre gira su cabeza y su mirada se dirige hacia una mujer de fina figura, ojos negros y cabello muy corto. Mira sus manos, las cuales son increíblemente blancas. De las extremidades de sus dedos emergen sus uñas, muy delicadas que están pintadas a la perfección.
Ella lo mira y queda encandilada por el destello que irradian sus pupilas zafiro. Son como pequeñas líneas fugaces, miles de puntos alineados que solo ella alcanza a percibir, que la retrotraen a aquel verano en Viena, a orillas del Danubio, mirando para arriba y espiando al sol entre sus dedos.
Y es a través del destello que irradian los ojos de ese cuarentón de sobretodo y cabellos crespos que percibe que no habrá vuelta atrás o por lo menos que en algún lugar, otro día de la semana, en algún mes venidero, o hasta quizás en un par de años volverán a encontrarse.
Y no es una simple utopía romántica sino ese destello, y esas miles de líneas de puntos de fuga que irradian solo algunas pocas personas los que le dan la certeza de que esta historia recién comienza.
Hay personas que son como un viaje. Siempre que se emprenden se vuelve distinto, con el alma convulsionada y las ideas un tanto revueltas.
Y es así como una noche agitada de noviembre, ya queriendo acabar con su turno de mesera en la confitería París, atiende a su último cliente que está sentado en una mesa muy al fondo, un hombre de cabellos crespos y pupilas color zafiro.
Charlan un rato hasta que ella le dice que la confitería está por cerrar y su turno de mesera ha finalizado. El hombre la invita a tomar un café a otro lugar.
Salen a caminar por lo alrededores de Plaza Moreno. De repente empieza a llover. El hombre abre su paraguas a cuadros aprovechando la ocasión para posar su brazo izquierdo sobre el hombro de la mujer. Buscan refugio en la catedral.
Adentro de la catedral está muy oscuro. No es momento de misa pero parecieran oírse cánticos eclesiásticos a lo lejos.
Conversan de la vida. El hombre, que trabaja en una oficina de un estudio contable le cuenta que ha enviudado hace un año y seis meses y está tratando de rehacer su vida. Empezó a hacer cosas que tenías postergadas desde su adolescencia, como tocar el violín, estudiar chino y cantar.
Le pregunta sobre ella. Y mantienen una larga conversación que solo el frío de la catedral, la incomodidad de esos bancos de madera con duro respaldo y los cantos eclesiásticos que de repente se han tornado difíciles de tolerar, podrían hacer que la impaciencia gane y en un instante la charla culmine.
La mujer le cuenta que está haciendo un curso de manicuría, que toda su vida tuvo un anhelo enorme, hasta que este se tornó casi insostenible, que es trabajar en una peluquería, ya que ama los cabellos, hacer peinados, el mundo de los tonos y las tinturas.
El hombre escucha atentamente y aprovecha el clima de confianza que se ha generado para acercarse un poco más hacia la mujer.
De repente la mujer empieza a sentir muy cerca el rostro del hombre acariciando lentamente su mejilla.
Acaricia un costado de su mejilla. Luego el otro costado. En un instante sus labios se acercan y se repliegan. Apenas se rozan.
Más tarde sus lenguas entrarán aguda y misteriosamente en contacto.
Lo mismo ocurrirá luego con sus cuerpos.

El alma deja atrás una ruta.

Anandamarga


Hay personas en la vida que exceden al mundo de los mortales.
Ellas pertenecen al otro lado, a ese mundo fantástico con el cual es posible convivir día y día, si aprendemos a estar despiertos y atentos a lo que nuestra imaginación nos dice.
¿Cómo nos damos cuenta de que ellos están?: porque aparecen de repente y actúan instalando un abismo en nuestras almas. Siempre aprendemos algo de ellos.
Y una vez que los encontramos, jamás volveremos a ser los mismos.

El día que llegamos a Anandamarga yo venía escuchando en el auto un tema de Almendra que Yamila tarareaba todo el tiempo. Nos habían hablado mucho de ese lugar. Me costaba decirlo: Anandamarga, “naranja amarga” como muchos lo llamaban por no poder pronunciarlo mejor.
Estacionamos cerca del algarrobo viejo. Desde allí el río descendía y se internaba en un bosque de moras y tibios espejos.
Fuimos caminando algunos metros hasta que llegamos. A lo lejos podían divisarse algunas casas.
Una mujer bastante tosca y de pelo ensortijado salió a atendernos. Nosotras les dijimos que queríamos conocer el lugar pero la mujer nos miró de reojo y dijo que si pensábamos que Anandamarga era un sitio para hacer turismo hippie–espiritual pegáramos la vuelta hacia Nono. Nosotras insistimos diciendo que solo veníamos buscando un lugar tranquilo para tomar unos mates, ya que estábamos cansadas de tanta contaminación visual.
La mujer de pelo ensortijado se fue dando un portazo. A mí me sorprendió ver a través de la ventana a un “dada” o sacerdote budista vestido de jean, remera gris y zapatillas. Tenía el cabello blanco, muy largo y batía tranquilamente una taza de café.
Tan pronto como la señora entró en la casa salieron dos niñas detrás de ella: una era rubia de cabello largo y ondulado, bastante alta. La otra era morocha y más menudita, de ojos y cabello muy oscuro. Se llamaban Iara y Sol y tendrían 9 y 6 años.
-Chicas vengan por este camino, si quieren las llevamos hasta el lago, bah es un dique en realidad. Nadie va por este lugar- dijeron las niñas. Con Yamila aceptamos gustosamente.
Fuimos caminando por un largo camino de bosques, flores fucsias y desniveles. Mientras el chasquido frágil del agua del río nos seguía, guiando los intersticios de la historia. Ellas conocían el camino que lleva al lago, el punto de intriga de las moras frescas que emergen al límite del camino, donde el andar de la luz se retuerce y acaricia la fuente de agua.
Luego de un rato de caminar llegamos al dique. Su reflejo espejado dejaba brotar la inmensidad de las sierras que sin pudor se imponían. No había nadie más en ese lugar. Solo se oía el peso de nuestros cuerpos.
Me llamaba la atención el movimiento del río. Iara y Sol danzaban al borde de las junturas. Parecían pequeñas hadas bailando en medio de un aroma de hierbas.
Y en este espejo sin tiempo nos contaron de la luz, de la importancia de meditar al amanecer, del pescado, la malta y los abrigos
Ellas esperaban al reflejo de la noche para jugar con los sapos y espiar el aliento del río.
Con Yamila armamos el mate. Le convidamos a Iara y Sol. Primero se resistían un poco pero finalmente terminaron aceptando. Degustamos también un par de alfajores de fruta.
Continuamos charlando, en un momento la conversación se centraba en el concepto de por qué no comer alimentos que provengan de animales. Yamila, que era bastante terca y solía enredarse en discusiones sin sentido, no podía entender de por qué si a la leche y al pescado y no a los huevos.
Iara le explicó que la diferencia está en que la vaca no sufre cuando se le extrae la leche, a diferencia de los huevos que ya son vida antes de que se los saquen a la gallina. La leche es un fluído de la vaca y el huevo, en cambio es una célula ya formada para ser un organismo complejo.
A Yamila igualmente, esta explicación le seguía pareciendo absurda e insistía con el tema:
-¿Y por qué sí comen pescado?
-Porque el pescado no sufre tanto como la vaca cuando la matan -dijo Sol- a la vaca la golpean antes de sacrificarla.

En un momento me alejé para tirar un poco de yerba mientras seguía escuchando la voz de Yamila y de las chicas. Cuando volví noté algo que me impactó: Iara y Sol estaban jugando con un par de cintas de colores.
De repente las acercaban e iban produciendo formas: una paloma, un pez, un globo terráqueo, un avestruz. Era impresionante ver eso, a cada paso que se acercaban una nueva forma se producía.
-También podemos hacer que aparezcan animales de carne y hueso- dijeron riendo.
-O lo que quieran, miren- y al mover las cintas iban apareciendo: un hada, un caballo, plantas, un gnomo, una naranja.
Yamila se acercó y preguntó: - ¿Y nosotras también podemos usarlas?
-Por supuesto- contestaron las chicas. –Ustedes también pueden hacer lo que quieran-
-Solo es cuestión de creérselo- dijo Sol.
–Y de hacerlo con otro. Esa es la condición. Si uno lo quiere hacer solo las cosas no aparecen.
Con Yamila tomamos las cintas y empezamos a accionarlas, mientras una extraña melodía nos sacudía por dentro. De entre los colores surgió una bruja, luego un asno. De repente un león nos sorprendió en medio del atardecer. De acuerdo a nuestro humor iban surgiendo formas más agradables o desagradables: una manzana, una oruga, arañas, ciempiés, gatos y perros.
Estuvimos jugando con las cintas horas y horas hasta que se hizo de noche. No podíamos parar. Miles y miles de cosas fueron apareciendo a lo largo de la tarde. En un momento llegamos a inventar objetos y animales: un elefante con cara de pato, un insecto con pies de gacela, una planta con brazos de niño.
En un momento, en el que ya nuestra mente nos hacía cosquillas de tanto reírnos, Iara y Sol tomaron las cintas de colores y las guardaron en una pequeña mochila.
Y se fueron caminando por el mismo lugar que habíamos venido no sin antes contarnos cual era el camino más corto que nos llevaba nuevamente a la ruta.
-¡Tengan cuidado con las vacas que están al costado del camino!- dijeron antes de despedirse.
Lejos de inquietarnos por esta situación con Yamila seguimos tomando mate, charlando de la vida y contemplando el humor de los patos que acercaban su cabeza para acariciar el fondo del agua
Después de un buen rato emprendimos el camino de regreso, orientadas por la brisa y la vertiente, tarareando la misma canción por lo bajo.

Breve ensayo sobre el domingo

Domingo
Muere la semana
Se resume un mundo cargado de lugares
en la carátula de mis días

Una hoja de papel se mueve suavemente
Y se oyen barricadas a lo lejos

Pequeñas criaturas brotan del fondo del río
Y se zambullen
Nacen y mueren cada vez

De la misma forma
Sucede con mi alma

Las imágenes de mi historia
Aparecen
como cortos asimétricos

Nacen y mueren cada vez

Literal
Las voces me atormentan

Calla
Escucha a tu cuerpo
No le des respiro a esta sonata traicionera

Milonga de las noches
Devastada

Siempre el cuerpo es más fiel que la mente

La palabra engaña

En el silencio
está ese surco de cristal
que tanto anhelas

La palabra es maldita
Inerte
Juega a cantar una canción de cuna
y luego te atrapa
en un célebre torbellino

Te invade y hunde
sus garras
hasta desangrarte

La palabra quiere verte morir

Construye imágenes inmóviles
Ficticias
Como si fueran reales

Mi alma se parece al movimiento del río

Surcos estelares que amplían el universo
El cuerpo infinito del río

El agua pasa intrépidamente entre las rocas
Y se zambulle cada vez

¿De dónde surge la fuerza que hace mover estos transparentes surcos, cual espuma blanca, viento de cristal?

Parece que los domingos
Estos surcos estelares
Se detienen

Una melodía se oye a lo lejos
y de a poco
se va desvaneciendo

Mi cuerpo nace y muere
Cada vez