lunes, 28 de septiembre de 2009

Anandamarga


Hay personas en la vida que exceden al mundo de los mortales.
Ellas pertenecen al otro lado, a ese mundo fantástico con el cual es posible convivir día y día, si aprendemos a estar despiertos y atentos a lo que nuestra imaginación nos dice.
¿Cómo nos damos cuenta de que ellos están?: porque aparecen de repente y actúan instalando un abismo en nuestras almas. Siempre aprendemos algo de ellos.
Y una vez que los encontramos, jamás volveremos a ser los mismos.

El día que llegamos a Anandamarga yo venía escuchando en el auto un tema de Almendra que Yamila tarareaba todo el tiempo. Nos habían hablado mucho de ese lugar. Me costaba decirlo: Anandamarga, “naranja amarga” como muchos lo llamaban por no poder pronunciarlo mejor.
Estacionamos cerca del algarrobo viejo. Desde allí el río descendía y se internaba en un bosque de moras y tibios espejos.
Fuimos caminando algunos metros hasta que llegamos. A lo lejos podían divisarse algunas casas.
Una mujer bastante tosca y de pelo ensortijado salió a atendernos. Nosotras les dijimos que queríamos conocer el lugar pero la mujer nos miró de reojo y dijo que si pensábamos que Anandamarga era un sitio para hacer turismo hippie–espiritual pegáramos la vuelta hacia Nono. Nosotras insistimos diciendo que solo veníamos buscando un lugar tranquilo para tomar unos mates, ya que estábamos cansadas de tanta contaminación visual.
La mujer de pelo ensortijado se fue dando un portazo. A mí me sorprendió ver a través de la ventana a un “dada” o sacerdote budista vestido de jean, remera gris y zapatillas. Tenía el cabello blanco, muy largo y batía tranquilamente una taza de café.
Tan pronto como la señora entró en la casa salieron dos niñas detrás de ella: una era rubia de cabello largo y ondulado, bastante alta. La otra era morocha y más menudita, de ojos y cabello muy oscuro. Se llamaban Iara y Sol y tendrían 9 y 6 años.
-Chicas vengan por este camino, si quieren las llevamos hasta el lago, bah es un dique en realidad. Nadie va por este lugar- dijeron las niñas. Con Yamila aceptamos gustosamente.
Fuimos caminando por un largo camino de bosques, flores fucsias y desniveles. Mientras el chasquido frágil del agua del río nos seguía, guiando los intersticios de la historia. Ellas conocían el camino que lleva al lago, el punto de intriga de las moras frescas que emergen al límite del camino, donde el andar de la luz se retuerce y acaricia la fuente de agua.
Luego de un rato de caminar llegamos al dique. Su reflejo espejado dejaba brotar la inmensidad de las sierras que sin pudor se imponían. No había nadie más en ese lugar. Solo se oía el peso de nuestros cuerpos.
Me llamaba la atención el movimiento del río. Iara y Sol danzaban al borde de las junturas. Parecían pequeñas hadas bailando en medio de un aroma de hierbas.
Y en este espejo sin tiempo nos contaron de la luz, de la importancia de meditar al amanecer, del pescado, la malta y los abrigos
Ellas esperaban al reflejo de la noche para jugar con los sapos y espiar el aliento del río.
Con Yamila armamos el mate. Le convidamos a Iara y Sol. Primero se resistían un poco pero finalmente terminaron aceptando. Degustamos también un par de alfajores de fruta.
Continuamos charlando, en un momento la conversación se centraba en el concepto de por qué no comer alimentos que provengan de animales. Yamila, que era bastante terca y solía enredarse en discusiones sin sentido, no podía entender de por qué si a la leche y al pescado y no a los huevos.
Iara le explicó que la diferencia está en que la vaca no sufre cuando se le extrae la leche, a diferencia de los huevos que ya son vida antes de que se los saquen a la gallina. La leche es un fluído de la vaca y el huevo, en cambio es una célula ya formada para ser un organismo complejo.
A Yamila igualmente, esta explicación le seguía pareciendo absurda e insistía con el tema:
-¿Y por qué sí comen pescado?
-Porque el pescado no sufre tanto como la vaca cuando la matan -dijo Sol- a la vaca la golpean antes de sacrificarla.

En un momento me alejé para tirar un poco de yerba mientras seguía escuchando la voz de Yamila y de las chicas. Cuando volví noté algo que me impactó: Iara y Sol estaban jugando con un par de cintas de colores.
De repente las acercaban e iban produciendo formas: una paloma, un pez, un globo terráqueo, un avestruz. Era impresionante ver eso, a cada paso que se acercaban una nueva forma se producía.
-También podemos hacer que aparezcan animales de carne y hueso- dijeron riendo.
-O lo que quieran, miren- y al mover las cintas iban apareciendo: un hada, un caballo, plantas, un gnomo, una naranja.
Yamila se acercó y preguntó: - ¿Y nosotras también podemos usarlas?
-Por supuesto- contestaron las chicas. –Ustedes también pueden hacer lo que quieran-
-Solo es cuestión de creérselo- dijo Sol.
–Y de hacerlo con otro. Esa es la condición. Si uno lo quiere hacer solo las cosas no aparecen.
Con Yamila tomamos las cintas y empezamos a accionarlas, mientras una extraña melodía nos sacudía por dentro. De entre los colores surgió una bruja, luego un asno. De repente un león nos sorprendió en medio del atardecer. De acuerdo a nuestro humor iban surgiendo formas más agradables o desagradables: una manzana, una oruga, arañas, ciempiés, gatos y perros.
Estuvimos jugando con las cintas horas y horas hasta que se hizo de noche. No podíamos parar. Miles y miles de cosas fueron apareciendo a lo largo de la tarde. En un momento llegamos a inventar objetos y animales: un elefante con cara de pato, un insecto con pies de gacela, una planta con brazos de niño.
En un momento, en el que ya nuestra mente nos hacía cosquillas de tanto reírnos, Iara y Sol tomaron las cintas de colores y las guardaron en una pequeña mochila.
Y se fueron caminando por el mismo lugar que habíamos venido no sin antes contarnos cual era el camino más corto que nos llevaba nuevamente a la ruta.
-¡Tengan cuidado con las vacas que están al costado del camino!- dijeron antes de despedirse.
Lejos de inquietarnos por esta situación con Yamila seguimos tomando mate, charlando de la vida y contemplando el humor de los patos que acercaban su cabeza para acariciar el fondo del agua
Después de un buen rato emprendimos el camino de regreso, orientadas por la brisa y la vertiente, tarareando la misma canción por lo bajo.

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