Una tarde de junio una mujer se para frente al pórtico antiguo de un edificio ubicado en las calles 48 y 13 y espera a que el reloj de las cuatro de la tarde para tocar el timbre del tercer piso, departamento D.
En ese mismo instante un hombre ofuscado por la cantidad de papeles que sobresalen de su escritorio en la oficina de la calle 2 y 60 pega la oreja al edificio contiguo al oír una melodía conocida, que parecería ser el tango "Adiós Nonino" para luego asomarse al balcón de su oficina y deleitarse por lo bajo.
La mujer tiene el cabello muy corto, un vestido negro y botas de caña alta. Está sentada en la sala de espera de un consultorio odontológico, cruza las piernas y se acomoda los anteojos para poder leer más de cerca el capítulo tercero de "Crimen y Castigo".
El hombre mira su reloj y siendo ya las cuatro de la tarde cierra su maletín y camina rápidamente hacia la calle, toma un taxi, paga y entra a un edificio de pórtico antiguo para luego ingresar a una sala de espera con sillones de cuero color bordó y cuadros de tono amarronado.
La mujer de cabello corto está leyendo la pág. 15 de su libro cuando el ruido de una sirena la distrae, entonces su cabeza gira cuarenta cinco grados hacia el ángulo derecho de la sala de espera del consultorio de la calle 48 y 13, momento en el cual ve ingresar a un hombre alto, de cabellos crespos, maletín y sobretodo largo hasta los pies.
La mujer, que tendrá unos treinta y cinco años ha recorrido una vasta experiencia en el mundo de los hombres. Lo ha visto todo.
Lindos, feos pero interesantes, hermosos pero aburridos, soñadores, imbéciles. El de aquel verano, el que promete amor eterno en las primeras semanas y al mes desaparece sin dejar rastro. El que estuvo siempre cerca pero nunca se animaba a hablarle, el chantaje típico de las salidas nocturnas los fines de semana, etc.
Con solo mirar a los ojos a un hombre en las primeras salidas ella sabe como seguirá el curso de los acontecimientos, inclusive si la historia seguirá o terminará. Tiene esa cualidad que sus amigas envidian.
En ese mismo instante un hombre ofuscado por la cantidad de papeles que sobresalen de su escritorio en la oficina de la calle 2 y 60 pega la oreja al edificio contiguo al oír una melodía conocida, que parecería ser el tango "Adiós Nonino" para luego asomarse al balcón de su oficina y deleitarse por lo bajo.
La mujer tiene el cabello muy corto, un vestido negro y botas de caña alta. Está sentada en la sala de espera de un consultorio odontológico, cruza las piernas y se acomoda los anteojos para poder leer más de cerca el capítulo tercero de "Crimen y Castigo".
El hombre mira su reloj y siendo ya las cuatro de la tarde cierra su maletín y camina rápidamente hacia la calle, toma un taxi, paga y entra a un edificio de pórtico antiguo para luego ingresar a una sala de espera con sillones de cuero color bordó y cuadros de tono amarronado.
La mujer de cabello corto está leyendo la pág. 15 de su libro cuando el ruido de una sirena la distrae, entonces su cabeza gira cuarenta cinco grados hacia el ángulo derecho de la sala de espera del consultorio de la calle 48 y 13, momento en el cual ve ingresar a un hombre alto, de cabellos crespos, maletín y sobretodo largo hasta los pies.
La mujer, que tendrá unos treinta y cinco años ha recorrido una vasta experiencia en el mundo de los hombres. Lo ha visto todo.
Lindos, feos pero interesantes, hermosos pero aburridos, soñadores, imbéciles. El de aquel verano, el que promete amor eterno en las primeras semanas y al mes desaparece sin dejar rastro. El que estuvo siempre cerca pero nunca se animaba a hablarle, el chantaje típico de las salidas nocturnas los fines de semana, etc.
Con solo mirar a los ojos a un hombre en las primeras salidas ella sabe como seguirá el curso de los acontecimientos, inclusive si la historia seguirá o terminará. Tiene esa cualidad que sus amigas envidian.
Luego de saber como terminará la historia solo quedan dos opciones y siendo la indecisión una característica peculiar en esta mujer que hace que, a una edad en que la mayoría de las mujeres se desesperan por formar su tan ansiado ideal de familia, ella todavía se encuentre sola.
Por lo que en general esta mujer siempre optará por probar y seguir.
Seguir que se acaba la vida y una mancha más al tigre no podrá producir más que efectos colaterales, casi efímeros en ese cuerpo maduro y joven a la vez y en ese andar melancólico pero inquieto que la caracterizan. Su único lema en este plano es que: siempre lo nuevo puede ser mejor.
La mujer mira hacia el costado y le llama la atención la prolijidad de ese hombre, la sistematización de sus movimientos: al quitarse el saco, deja el maletín a un costado, apaga el celular y busca algo a su alrededor para leer. El hombre gira su cabeza y su mirada se dirige hacia una mujer de fina figura, ojos negros y cabello muy corto. Mira sus manos, las cuales son increíblemente blancas. De las extremidades de sus dedos emergen sus uñas, muy delicadas que están pintadas a la perfección.
Ella lo mira y queda encandilada por el destello que irradian sus pupilas zafiro. Son como pequeñas líneas fugaces, miles de puntos alineados que solo ella alcanza a percibir, que la retrotraen a aquel verano en Viena, a orillas del Danubio, mirando para arriba y espiando al sol entre sus dedos.
Y es a través del destello que irradian los ojos de ese cuarentón de sobretodo y cabellos crespos que percibe que no habrá vuelta atrás o por lo menos que en algún lugar, otro día de la semana, en algún mes venidero, o hasta quizás en un par de años volverán a encontrarse.
Y no es una simple utopía romántica sino ese destello, y esas miles de líneas de puntos de fuga que irradian solo algunas pocas personas los que le dan la certeza de que esta historia recién comienza.
Hay personas que son como un viaje. Siempre que se emprenden se vuelve distinto, con el alma convulsionada y las ideas un tanto revueltas.
Y es así como una noche agitada de noviembre, ya queriendo acabar con su turno de mesera en la confitería París, atiende a su último cliente que está sentado en una mesa muy al fondo, un hombre de cabellos crespos y pupilas color zafiro.
Charlan un rato hasta que ella le dice que la confitería está por cerrar y su turno de mesera ha finalizado. El hombre la invita a tomar un café a otro lugar.
Salen a caminar por lo alrededores de Plaza Moreno. De repente empieza a llover. El hombre abre su paraguas a cuadros aprovechando la ocasión para posar su brazo izquierdo sobre el hombro de la mujer. Buscan refugio en la catedral.
Adentro de la catedral está muy oscuro. No es momento de misa pero parecieran oírse cánticos eclesiásticos a lo lejos.
Conversan de la vida. El hombre, que trabaja en una oficina de un estudio contable le cuenta que ha enviudado hace un año y seis meses y está tratando de rehacer su vida. Empezó a hacer cosas que tenías postergadas desde su adolescencia, como tocar el violín, estudiar chino y cantar.
Por lo que en general esta mujer siempre optará por probar y seguir.
Seguir que se acaba la vida y una mancha más al tigre no podrá producir más que efectos colaterales, casi efímeros en ese cuerpo maduro y joven a la vez y en ese andar melancólico pero inquieto que la caracterizan. Su único lema en este plano es que: siempre lo nuevo puede ser mejor.
La mujer mira hacia el costado y le llama la atención la prolijidad de ese hombre, la sistematización de sus movimientos: al quitarse el saco, deja el maletín a un costado, apaga el celular y busca algo a su alrededor para leer. El hombre gira su cabeza y su mirada se dirige hacia una mujer de fina figura, ojos negros y cabello muy corto. Mira sus manos, las cuales son increíblemente blancas. De las extremidades de sus dedos emergen sus uñas, muy delicadas que están pintadas a la perfección.
Ella lo mira y queda encandilada por el destello que irradian sus pupilas zafiro. Son como pequeñas líneas fugaces, miles de puntos alineados que solo ella alcanza a percibir, que la retrotraen a aquel verano en Viena, a orillas del Danubio, mirando para arriba y espiando al sol entre sus dedos.
Y es a través del destello que irradian los ojos de ese cuarentón de sobretodo y cabellos crespos que percibe que no habrá vuelta atrás o por lo menos que en algún lugar, otro día de la semana, en algún mes venidero, o hasta quizás en un par de años volverán a encontrarse.
Y no es una simple utopía romántica sino ese destello, y esas miles de líneas de puntos de fuga que irradian solo algunas pocas personas los que le dan la certeza de que esta historia recién comienza.
Hay personas que son como un viaje. Siempre que se emprenden se vuelve distinto, con el alma convulsionada y las ideas un tanto revueltas.
Y es así como una noche agitada de noviembre, ya queriendo acabar con su turno de mesera en la confitería París, atiende a su último cliente que está sentado en una mesa muy al fondo, un hombre de cabellos crespos y pupilas color zafiro.
Charlan un rato hasta que ella le dice que la confitería está por cerrar y su turno de mesera ha finalizado. El hombre la invita a tomar un café a otro lugar.
Salen a caminar por lo alrededores de Plaza Moreno. De repente empieza a llover. El hombre abre su paraguas a cuadros aprovechando la ocasión para posar su brazo izquierdo sobre el hombro de la mujer. Buscan refugio en la catedral.
Adentro de la catedral está muy oscuro. No es momento de misa pero parecieran oírse cánticos eclesiásticos a lo lejos.
Conversan de la vida. El hombre, que trabaja en una oficina de un estudio contable le cuenta que ha enviudado hace un año y seis meses y está tratando de rehacer su vida. Empezó a hacer cosas que tenías postergadas desde su adolescencia, como tocar el violín, estudiar chino y cantar.
Le pregunta sobre ella. Y mantienen una larga conversación que solo el frío de la catedral, la incomodidad de esos bancos de madera con duro respaldo y los cantos eclesiásticos que de repente se han tornado difíciles de tolerar, podrían hacer que la impaciencia gane y en un instante la charla culmine.
La mujer le cuenta que está haciendo un curso de manicuría, que toda su vida tuvo un anhelo enorme, hasta que este se tornó casi insostenible, que es trabajar en una peluquería, ya que ama los cabellos, hacer peinados, el mundo de los tonos y las tinturas.
El hombre escucha atentamente y aprovecha el clima de confianza que se ha generado para acercarse un poco más hacia la mujer.
De repente la mujer empieza a sentir muy cerca el rostro del hombre acariciando lentamente su mejilla.
Acaricia un costado de su mejilla. Luego el otro costado. En un instante sus labios se acercan y se repliegan. Apenas se rozan.
Más tarde sus lenguas entrarán aguda y misteriosamente en contacto.
Lo mismo ocurrirá luego con sus cuerpos.
El alma deja atrás una ruta.
La mujer le cuenta que está haciendo un curso de manicuría, que toda su vida tuvo un anhelo enorme, hasta que este se tornó casi insostenible, que es trabajar en una peluquería, ya que ama los cabellos, hacer peinados, el mundo de los tonos y las tinturas.
El hombre escucha atentamente y aprovecha el clima de confianza que se ha generado para acercarse un poco más hacia la mujer.
De repente la mujer empieza a sentir muy cerca el rostro del hombre acariciando lentamente su mejilla.
Acaricia un costado de su mejilla. Luego el otro costado. En un instante sus labios se acercan y se repliegan. Apenas se rozan.
Más tarde sus lenguas entrarán aguda y misteriosamente en contacto.
Lo mismo ocurrirá luego con sus cuerpos.
El alma deja atrás una ruta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario